El 31 de marzo de 1987, a las 17:48 horas, la silueta del avión que transportaba al papa Juan Pablo II apareció en el cielo encapotado de Canelones. Era la primera vez que un sucesor de Pedro pisaba suelo uruguayo, pero no sería la última.
La lluvia caía con fuerza. En la terraza del viejo Aeropuerto Internacional de Carrasco, cientos de personas esperaban bajo los paraguas, con banderas uruguayas y del Vaticano en las manos. Un cartel enorme decía “¡Bienvenido, Juan Pablo II; Uruguay te saluda!”.
El papa levantó las manos y permaneció unos instantes observando a la multitud que lo recibía. Luego descendió por la escalerilla del avión y, bajo varios paraguas que lo protegían de la lluvia, besó el suelo oriental.
“¡Paz y prosperidad para toda la República Oriental del Uruguay!”, dijo el pontífice en su primer discurso. Su visita estaba vinculada a la Acción de Gracias por la mediación papal que evitó una guerra entre Argentina y Chile en 1979. Para Uruguay, además, ocurría en un momento clave: el país había recuperado la democracia apenas dos años antes y atravesaba una etapa de reconstrucción social y política.
“Uruguay es una nación del continente latinoamericano que se ha distinguido por su contribución en favor de la paz”, agregó el obispo de Roma. “En vuestro país conviven en la concordia diversas opciones sociales y políticas, y grupos que profesan diferentes creencias religiosas; todo ello en un clima favorable de respeto y tolerancia”.
Bajo la lluvia, Juan Pablo II recorrió en el papamóvil el trayecto desde el aeropuerto hasta la Catedral Metropolitana, acompañado por una multitud. En la Iglesia Matriz, el papa rezó ante la tumba del hoy beato Jacinto Vera y luego se dirigió a 3500 consagrados entre sacerdotes, religiosos y religiosas.
“El mensaje evangélico no será auténtico y en consecuencia no será capaz de renovar en profundidad la vida cristiana, si no es proclamado en toda su pureza e integridad. Hay que superar, pues, la tentación de reducir el Evangelio a ciertos pasajes interpretados según los propios gustos y opiniones o de acuerdo a posturas ideológicas preconcebidas”, expresó.
El 1.º de abril de 1987 amaneció con sol. En Tres Cruces, una multitud se reunió para participar en la misa que presidió Juan Pablo II, considerada la de mayor asistencia en la historia del Uruguay. Aunque se manejaron varias cifras, las estimaciones sitúan la concurrencia por encima de las 150.000 personas. Una enorme cruz, en la intersección de bulevar Artigas y avenida Italia, recuerda hoy aquel encuentro.
La primera visita de Juan Pablo II a Uruguay duró apenas 19 horas. En su despedida se fue con el propósito de volver. Pronto cumplió su promesa.
En Tres Cruces, una multitud se reunió para participar en la misa que presidió Juan Pablo II, considerada la de mayor asistencia en la historia del Uruguay. Aunque se manejaron varias cifras, las estimaciones sitúan la concurrencia por encima de las 150.000 personas.
UNA BENDICIÓN PARA LOS JÓVENES URUGUAYOS
En 1987, la Hna. Fanny Serrés tenía 42 años y estaba en Roma, donde hacía un curso de espiritualidad misionera. El 4 de diciembre participó de una misa presidida por Juan Pablo II en su capilla privada, junto con otras 40 salesianas de todo el mundo.
Cuando terminó la celebración, el papa se le acercó y le obsequió un rosario que, tiempo después, la Hna. Fanny le regalaría a su madre.
—Santidad, le pido una bendición para todos los jóvenes del Uruguay.
—Oh, sí. Cómo no. ¡Uruguay! ¡Uruguay! Lo he visitado hace poco y ahora iré pronto de nuevo.
—Sí, lo sé. Yo no habré regresado aún, pero estoy segura que desde ya nuestros jóvenes lo esperan con los brazos abiertos y el corazón dispuesto para escuchar y vivir su mensaje.
Juan Pablo II puso entonces su mano sobre la cabeza de la religiosa y le dio la bendición.
“Cuando recibís una emoción así, que es parte mismo como de Jesús, no podés ser egoísta y creer que es para vos”, dice la Hna. Fanny al BS, casi 40 años después. “Es para mi familia, mi gente. Para mis alumnos de ese momento, por los que vendrían, que son muchísimos. Para mis hermanas y hermanos salesianos. Sentís en ese momento que no sos vos, sos el Uruguay y, en ese caso, el Uruguay Salesiano”.
EL REGRESO
A las 17:30 horas del sábado 7 de mayo de 1988, Juan Pablo II regresó a Uruguay. Esta vez no se quedaría solo en Montevideo. Su visita también lo llevaría a tres ciudades del interior, sedes de las diócesis más antiguas del país: Melo, Florida y Salto.
En el Estadio Centenario, el eje de su mensaje fue la familia. “Yo quisiera que este fuera un fruto de mi visita pastoral a vuestro país: que todas las familias uruguayas sean fieles de acudir a la fuente de gracia que es la santa misa”, dijo.

En la Universidad Católica, fundada apenas tres años antes, se dirigió a representantes de la cultura. “Mirando a la gloriosa historia de vuestra nación, vemos cómo la cultura de vuestro pueblo hunde sus raíces en el Evangelio de Cristo, que ilumina la elevada dignidad del hombre en este mundo y su vocación a la eternidad; que llama a la reconciliación con Dios y a la concordia entre los hombres”.
UN ENCUENTRO CON TODOS
La foto ilustra la portada de la edición de julio de 1988 del BS de Uruguay. Es el papa Juan Pablo II bajando del avión en su llegada a Melo, el domingo 8 de mayo, recibido por el obispo Roberto Cáceres con los brazos tendidos.
Según relata la crónica del BS, en la explanada contigua al estrado que se instaló en el barrio La Concordia, la gente comenzó a llegar desde las últimas horas del día anterior.

Allí el pontífice se dirigió a los trabajadores, muchos de los cuales carecían de seguridad laboral y emigraban ante la posibilidad de conseguir un empleo, aunque fuera insalubre o mal remunerado. “Instaurar una ‘civilización del trabajo’ es una tarea que requiere la participación solidaria de toda la sociedad”, expresó, según consignó el BS.
ORDENADO POR UN PAPA SANTO
Tras dejar Melo y regresar a Montevideo, Juan Pablo II emprendió viaje hacia Florida. En el camino, se detuvo en Canelones para bendecir el monumento a la Virgen de Guadalupe.
En el estadio Campeones Olímpicos, el pontífice presidió la misa y ordenó a 13 nuevos sacerdotes. Entre ellos estaba el salesiano José Luis “Joselo” Morillo, de 27 años.
“La Eucaristía comenzó con tiempo cálido y la noche nos cubrió con un frío que bajaba a la cabeza junto con las manos consagrantes del papa”, recordó el P. José Luis en una entrevista con el quincenario Entre Todos en 2019. “Haber sido ordenado por un papa santo es una experiencia que uno no puede imaginar. Todo es gracia”.
El salesiano contó que vivió su ordenación con “una mezcla de emociones”. A su derecha, a unos dos metros, se encontraba la talla original de la Virgen de los Treinta y Tres. “La miraba de reojo. Seguro que ella nos miraba a cada uno, asegurándonos su cuidado y auxilio”.
“Haber sido ordenado por un papa santo es una experiencia que uno no puede imaginar. Todo es gracia”
Aquella imagen, que estuvo cuando se declaró la independencia en la Piedra Alta, sería consagrada al país por el obispo de Roma minutos después.
“¡URUGUAY, QUE SEAS MUY FELIZ!”
La última etapa del viaje apostólico fue Salto. El lunes 9 de mayo, a media mañana, el papa presidió una misa al aire libre, en las inmediaciones del parque Mattos Netto.
En su homilía, habló de la “nueva evangelización”, un concepto que él mismo había introducido poco tiempo antes: “La evangelización será ‘nueva en sus métodos’ si cada uno de los miembros de la Iglesia se hace protagonista de la difusión del mensaje de Cristo”.
Pocas horas después, de regreso en el viejo aeropuerto de Carrasco, el papa se preparaba para subir al avión que lo llevaría a La Paz, Bolivia. Allí lo despidió un numeroso grupo de niños y jóvenes. Para ellos dejó su último mensaje: “¡Cuento con vosotros! Sed fuertes en la fe y dad testimonio de esperanza y generosidad para construir un mundo mejor”.
Antes de partir, dedicó al país una última frase: “¡Uruguay, que seas muy feliz en el camino de tu nueva historia!”.