HACIENDO FOCO

No con golpes

La mansedumbre en la sociedad de la crispación
Gonzalo Martínez
Redacción BS

Una esquina de Pocitos, un sobrepaso, una discusión. Uno de los conductores se baja, arrastra al otro hasta la vereda, lo golpea hasta dejarlo inconsciente y se va. Pasó hace pocos días Pocitos, y según los vecinos que estaban presentes, todo empezó por una maniobra con el auto.

Ante noticias de estas características, la pregunta que aparece primero es si estamos todos locos o quién es capaz de algo así.

Es una pregunta tranquilizadora porque deja la violencia lejos, en algún lugar ajeno al que estamos nosotros. Pero, si somos honestos, hay algo de esa lógica que no nos resulta extraña.

La conocemos en dosis pequeñas y, es cierto, casi nunca termina en golpes. Pero todos podemos reconocer momentos, situaciones, instantes en el que el otro aparece como un “x” que me molesta, me demora, me interrumpe. No como alguien, sino como algo que está en el medio.

En Fratelli tutti, el papa Francisco advertía que las lógicas individualistas generan muchos atropellos, sobre todo al ver a los demás como meros obstáculos para nuestra propia tranquilidad. Eso, decía, tiene como corolario que crezcan la agresividad y la intolerancia.

Vivimos con agendas apretadas, cansancios acumulados y la sensación de que todo debería funcionar a nuestro ritmo. En ese clima, cualquier roce se vive como una injuria. Y una injuria da la sensación de que siempre pide una reacción.

Sin embargo, compartir la calle, la casa, el trabajo o el aula supone que los planes de unos se cruzan con los de los otros. Y la violencia cotidiana parece crecer justamente en la distancia entre lo que cada uno de nosotros quiere y la inevitable presencia de los demás.

Hace más de 200 años, un chico de nueve años también resolvía las cosas a las piñas. En el sueño que marcaría su vida, Juanito Bosco veía a un grupo de muchachos que jugaban, gritaban y se peleaban. Indignado, se lanzaba sobre ellos a golpes e insultos para hacerlos callar. El detalle es importante: Juanito no pegaba por maldad, sino para poner orden. Su violencia le parecía justa. Y es probable que casi toda violencia cotidiana se viva como una reacción legítima ante alguien que “se lo buscó”. 

Y la violencia cotidiana parece crecer justamente en la distancia entre lo que cada uno de nosotros quiere y la inevitable presencia de los demás.

La respuesta que recibe en el sueño no niega el problema. Los muchachos siguen ahí y el desorden también. Lo que cambia es el método: “No con golpes, sino con la mansedumbre y la caridad deberás ganarte a estos tus amigos”. Vale la pena detenerse en esa invitación.

Mansedumbre es una palabra que perdió prestigio. Suena a pasividad, a resignación, a dejarse pisar. Pero no es eso. La mansedumbre no consiste en no tener fuerza, sino en gobernarla: poder responder con dureza y elegir no hacerlo. Hace falta más fortaleza para frenar a tiempo que para dejarse llevar.

Jesús dice en las Bienaventuranzas que los mansos heredarán la tierra. Leída desde nuestras calles, la frase tiene algo de advertencia. El espacio común –la vereda, la esquina, el salón de clases, el grupo de WhatsApp– no se conquista: se hereda y se comparte. 

Cuando lo gana el que grita más fuerte o el que golpea primero, el espacio deja de ser de todos.

Si la violencia cotidiana se construye con gestos pequeños, la respuesta también puede empezar por ahí. Francisco invitaba a recuperar la amabilidad, una virtud que parece menor, pero que, en tiempos de crispación, se vuelve revolucionaria.

Ceder el paso. Dejar que el otro tenga razón un rato. No contestar el mensaje en caliente. Bajar el tono en lugar de subirlo. Aprender a decir con naturalidad esas tres palabras que el papa repetía para la vida familiar: permiso, gracias, perdón.

No son soluciones mágicas, ni reemplazan la responsabilidad de la Justicia frente a un hecho como el que ocurrió en Pocitos. Pero son el terreno donde se juega, todos los días, si el otro es alguien o simplemente algo.

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