¿Se puede perdonar todo?

Perdonar para ser libre, ser libre para perdonar

“¡Queremos hacer constar que morimos perdonando a los que nos quitan la vida!”. Esto escribió un joven seminarista claretiano en Barbastro, España, pocas horas antes de ser fusilado, en agosto de 1936. Hoy es mártir.

¿Por qué alguien que va a morir injustamente usa sus últimas horas para escribir que perdona a quienes lo matan?

Esa frase no nació de un momento para otro. Fue fruto de un proceso con muchas idas y vueltas: casi un mes de encierro y maltratos, de acompañarse, de discernir en comunidad, de dejarse atravesar por los cuestionamientos y las preguntas. 

Al final, él y sus compañeros entendieron algo que les permitió dejar ese testimonio. Eso es en lo que te propongo profundizar.

UNA HERIDA QUE TOCA TODA LA PERSONA

Cuando alguien nos hace daño, nos afecta en nuestra totalidad. Por eso el perdón es un proceso complejo, no lineal, que abarca toda nuestra vida.

Hay una dimensión moral, que depende de la voluntad: es la decisión de no devolver el mal a quien nos hizo mal. Podemos decidir perdonar, lo que no podemos decidir es olvidar.

Hay También una dimensión cognitiva: perdonar implica asumir la verdad de lo que nos hicieron. Mirarlo con objetividad, sin agrandarlo ni minimizarlo, entender cómo eso se originó y renunciar a la fantasía de “empezar de cero”.

Hay una dimensión afectiva: buscamos no acumular rencor, porque el rencor nos sigue lastimando a nosotros mismos. Eso no significa volver a confiar en quien nos hirió, tampoco implica necesariamente tener la misma relación.

Y hay una dimensión espiritual donde el sentido es protagonista. Buscamos darle sentido a la vida, no “a pesar” de la herida, sino con ella, porque también es parte de nosotros.

LA LÓGICA DE LA GRATUIDAD Y LA LIBERTAD

Perdonar es un don para nosotros y para quien perdonamos. No esperamos a que el otro pague para perdonar: perdonamos porque eso nos sana. Así entramos en la lógica de la gratuidad, que no evita el conflicto ni se saltea la herida, sino que propone un camino de curación personal y comunitaria.

Por eso, perdonar es de valientes y pide más fuerza de la que implicaría devolver el golpe. No borra lo que pasó ni nos ahorra el conflicto, pero nos permite atravesarlo sin destruirnos a nosotros mismos, ni a los demás.

Para los cristianos, esta lógica tiene un rostro: el de Dios que, por ser totalmente libre, perdona siempre. Jesús, mientras era crucificado, decía: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). En Él vemos que no se perdona a pesar de la cruz, sino con ella y en ella.

Perdonar no es vivir como si el daño no hubiera existido, sino construir la vida a partir de esa experiencia.

Es, también, uno de los mayores actos de libertad del ser humano. Eso entendieron los jóvenes mártires de Barbastro. Encarcelados, sin poder decidir nada sobre su destino, murieron libres, con una libertad que nadie les pudo quitar.

Por eso te hago esta invitación: si en tu corazón hay rencor y bronca, iniciá un proceso de perdón y dejate acompañar. No será fácil. Llevará tiempo y paciencia, pero es el camino para vivir cada día más libre: libre de verdad.

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