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Picapiedras, 30 años siendo una presencia cercana en Melo
Elisa Juambeltz
Redacción BS

Hablar de Picapiedras es hablar de la presencia salesiana en Melo. En tres décadas, la obra fue creciendo y alcanzando a nuevas generaciones, pero sin perder el vínculo con el territorio en el que nació. Hoy es un centro de referencia para muchas familias y un lugar cargado de identidad: quienes pasaron por allí vuelven y reconocen parte de su propia historia en esos patios y salones.

Su comienzo fue pequeño. Picapiedras surgió en un barrio humilde de Melo, donde muchas familias tenían dificultades para acceder a servicios básicos. Una zona con muchos niños, que concentraba la presencia comunitaria en una capilla y una policlínica. Fue desde allí que la comunidad salesiana comenzó a preguntarse qué otras respuestas podría ofrecer.

Con el impulso del P. Carlos Sanabria surgió la posibilidad de gestionar un convenio para trabajar con niños y jóvenes de la zona, y el P. Francisco Furtado fue designado para llevar adelante la tarea. Los primeros pasos estuvieron marcados por los recursos escasos y una infraestructura básica. 

El mes de junio de 1996 marcó un antes y un después, cuando se firmó un convenio con el Estado a través de INAU, que permitió que la propuesta comenzara a consolidarse. Este año se cumplen tres décadas desde ese punto de inflexión.

A partir de entonces, Picapiedras fue creciendo junto al barrio y ahora reúne propuestas para distintas etapas de la infancia y la adolescencia, con CAIF, programas de atención a niños y niñas y centro juvenil, talleres para familias, apoyo pedagógico, deporte, recreación, informática, paseos y campamentos. Pero reducir Picapiedras a una lista de actividades sería perder de vista lo principal. 

“El espíritu salesiano está en el trato entre todas las personas que participan de la obra. Eso es lo fundamental de todo”, explican Celene Morales, Alejandro Borges, Beatriz Correa, Esteban Tossi, Derby Pereira, Martín Álvarez y Ana Rosano –parte del equipo– en una charla con el BS. Su desvelo es buscar respuestas y generar un espacio en el que niños, adolescentes y familias puedan sentirse cómodos y valorados. 

EL PATIO, UN LUGAR DE ENCUENTRO

Hay una palabra que aparece una y otra vez cuando el equipo intenta explicar qué hace salesiana a esta obra: “presencia”. Estar con los gurises, compartir lo cotidiano, prestar atención a aquello que muchas veces no aparece en una conversación formal y construir confianza desde los pequeños gestos. De eso se trata el día a día para quienes forman parte de Picapiedras.

“El espíritu salesiano está en el trato entre todas las personas que participan de la obra. Eso es lo fundamental de todo”

En esa forma de acompañar, el patio tiene un lugar especial. Es allí donde muchas veces aparece aquello que no siempre puede verse en otros ámbitos: el potencial de los chicos, su forma de relacionarse y lo que los enciende o entusiasma. “El diálogo con ellos es clave. Es un espacio en el que siempre se trabaja de igual a igual”, cuentan desde Picapiedras. 

Ese espacio tiene la particularidad, como en casi toda obra salesiana, de que no solamente es el escenario de los recreos, sino un espacio educativo donde se conversa, se juega y aparecen oportunidades para conocer con profundidad, con tiempo y dedicación.

UNA CASA DE PUERTAS ABIERTAS

Desde el equipo cuentan que otra de las claves de Picapiedras es la relación con las familias. La confianza construida durante años se expresa en quienes eligen llevar a sus hijos a la obra, en las generaciones que permanecen vinculadas y en aquellos que, después de terminar su pasaje por los distintos proyectos, regresan de visita. 

“Acompañar a un niño o joven en Picapiedras va más allá de estar para ellos, de enseñarles algo o atender alguna dificultad. Es estar presente. Es ser parte de su proceso de crecimiento, reconocerlos como personas, con sus historias de vida, sus vínculos, sus capacidades, sus talentos, sus derechos”, aseguran.

En esa definición aparece buena parte de la esencia de la obra. Acompañar es reconocer potencialidades, generar oportunidades y cuidar, como expresa el equipo, “esa mochila de sueños que nosotros tratamos de proteger”.

“En Picapiedras les ofrecemos ese espacio para ser ellos mismos, donde pueden estar seguros y sentirse valorados, y donde son parte de una familia que tiene como prioridad su felicidad”.

CAMBIAR SIN PERDER LA ESENCIA

Los cambios sociales y culturales transformaron las necesidades de las familias y las formas de vincularse en estos 30 años desde que nació la obra. Para el equipo, la tarea es leer esas transformaciones sin perder aquello que dio sentido a Picapiedras desde los comienzos.

“Estamos en una sociedad más individualista, donde la construcción de comunidad es más compleja”, señalan. Frente a ese escenario, la obra busca seguir siendo un lugar de encuentro y una referencia barrial: una casa que recibe, pero que también sale al encuentro. 

Aseguran que uno de los grandes desafíos está en hacer dialogar sus raíces con las nuevas realidades, sin perder lo esencial del carisma salesiano. En ese marco, varios de sus integrantes rescatan que uno de los principales esmeros debe ser no perder el sentido esperanzador. “Las personas salen distintas después de pasar por Picapiedras: tienen una sensación de que las cosas pueden mejorar y de que aún no ha sucedido lo mejor”, aseguran. 

Por eso, buscan que quienes allí llegan experimenten en el corazón “que todo es posible” para que crear, imaginar, jugar y proyectarse formen parte de lo cotidiano y de la construcción de los proyectos de vida.

SEGUIR ESTANDO

El sueño del equipo de Picapiedras es seguir acompañando a niños, niñas y adolescentes, pero también ampliar las respuestas para sus familias y la comunidad. Fortalecer oportunidades educativas y laborales para los adultos, profundizar el trabajo con referentes comunitarios y mantener una presencia cercana en el barrio forman parte de ese horizonte.

Después de 30 años, Picapiedras conserva la intuición que estuvo en su origen: que una obra salesiana se construye, antes que nada, estando. Estando en el patio, en el barrio, en las casas, en los momentos difíciles y en los días normales. Estando cerca de los gurises y sus familias, para que cada uno pueda encontrar un lugar donde sentirse parte, descubrir sus capacidades y convencerse de que todavía queda mucho por construir.

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