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La pantufla del Papa

Una serie narrativa tras los objetos del museo del Colegio Pío.
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Contratapas y tapas

Tenemos en la sala de la comunidad un recuerdo de cuando fuimos a despedirnos del Papa. Era noviembre de 1876 y nos íbamos al Uruguay. Pío IX nos recibió, nos bendijo y, en un momento de la audiencia, nos dijo que él conocía Montevideo, que había estado allí de joven y que guardaba de esa ciudad los mejores recuerdos. Algo en esa imagen me quedó grabado para siempre: ese hombre anciano, con sus pantuflas bordadas y toda la pompa vaticana, hablando con nostalgia y familiaridad de una ciudad al sur del mundo de la que no sabíamos casi nada.

Lo que nos esperaba era Villa Colón. El colegio que fundamos lo bautizamos en su honor: Colegio Pío.

Pero hay algo que no le contamos al Papa ese día, porque todavía no lo sabíamos: que íbamos a terminar conociendo muy bien al zapatero de la Villa. Caminábamos tanto que los zapatos no aguantaban. ¡Y teníamos que hacerlo! Los niños del Pantanoso no se animaban a venir a la catequesis en la Iglesia de Santa Rosa porque no tenían ropa ni zapatos. No era solo pobreza, sino exclusión. Así que fuimos nosotros quienes salimos con los alumnos del colegio de rancho en rancho, de casa en casa, a invitarlos a participar del primer oratorio festivo en Uruguay, en el que todos tenían un lugar.

Tiempo después, me enteré por un vecino de una jocosa leyenda: que, en aquel viaje de juventud, Pío IX debió vadear ciertos arroyos de las afueras de la ciudad y que uno en particular le puso a prueba el calzado y la dignidad. De ahí vendría el nombre del arroyo Quitacalzones. No sé si es verdad… Pero todavía hoy, cuando miro esa pantufla que nos regaló y nos trajimos como recuerdo, sonrío y pienso en los misteriosos caminos de Dios, que a cada uno nos pone el calzado justo para el camino que Él elige.

Y me acuerdo de los pies descalzos de los gurises del Pantanoso, que me enseñaron que siempre vale la pena recorrer cualquier camino cuando es Dios el que lo pide.

Nuestra historia en Uruguay, como la de Moisés en Egipto, empezó descalza. Y todavía está encendida”.

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