En el Colegio Pío, el cartero era una visita esperada y curiosa. Llegaba a caballo, con la bolsa de cuero cruzada al hombro, y tenía la costumbre de silbar al entrar al portón, como para avisarnos antes de aparecer. Casi siempre traía lo mismo: cartas de las familias, alguna encomienda, facturas para el padre ecónomo. Aprendimos pronto a reconocer ese silbido y también a no hacernos demasiadas ilusiones.
Ese julio de 1877 fue distinto. Era el primer año del Colegio y el frío se metía por todas partes: por las ventanas que no cerraban bien, por los corredores sin terminar, por las sotanas finas de los padres que todavía no habían aprendido que el invierno uruguayo tiene sus modos. Cuando el cartero silbó esa mañana, ninguno esperaba nada especial.
El padre Lasagna nos reunió en la capilla, y nos dijo que había llegado una carta desde Europa. No de un familiar: ¡De Don Bosco! ¡Para nosotros, los alumnos!
La leyó en voz alta. Empezaba así: «Hijitos míos amadísimos: no pueden imaginarse el gran consuelo que me proporcionó la carta que me escribieron con motivo de mi día onomástico». Nosotros le habíamos mandado una carta el 24 de junio, el día de San Juan. Yo la firmé sin pensar demasiado que alguien la fuera a leer de verdad.
Don Bosco nos contaba que en su viaje había tenido ocasión de presentarse ante el Papa Pío IX y pedirle una bendición especial para nosotros y para nuestras familias. Y que el Papa había respondido: «Bendiga Dios a los jóvenes alumnos de Villa Colón. Los padres y los hijos lleguen a ser muy ricos, muy ricos; pero con la verdadera riqueza, que es la virtud».
Al final, Don Bosco decía que ardía en deseos de visitarnos y que, si no podía venir, podíamos ir nosotros a Turín, donde ya nos tenía preparado alojamiento. Y cerraba con cuatro preguntas que el padre Lasagna leyó despacio, como si cada una necesitara su propio silencio: «¿Son buenos? ¿Me escribirán otras cartas, largas, largas? ¿Se harán todos misioneros? ¿Se harán todos santos?».
Me acuerdo del silencio que hubo cuando terminó de leer. Alguien que no nos conocía, desde el otro lado del mundo, le había hablado al Papa sobre nosotros. Y el Papa nos había bendecido por nuestro nombre.
Esa carta está todavía en el museo del Colegio. A veces pienso que fue la primera vez que me sentí parte de algo más grande: me sentí parte de una misma familia con ese hombre que nos escribía como un padre desde Marsella y ese anciano en Roma que pedía que fuéramos ricos de verdad.