Sobremesa

El libro de Geografía

"Signos de la memoria", relatos en primera persona tras los objetos del Museo de Historia Salesiana del Colegio Pío

En la biblioteca del Oratorio de Valdocco había un viejo libro, «Geografia Universale», que consulté la tarde en que Don Bosco me llamó para decirme que mi destino no sería Argentina, sino Uruguay. Fui a buscarlo casi en secreto, como quien espía algo que todavía no le pertenece. Lo tomé prestado, y por eso debo estar todavía en la lista de deudores de la Biblioteca de Valdocco.

El libro le dedicaba dos párrafos. Decía que era un país de 187.000 kilómetros cuadrados con unos 440.000 habitantes intentando cubrirlos, que tenía salida al Río de la Plata y que su capital se llamaba Montevideo. Muy pocos datos más. Me lo metí en el equipaje, entre la sotana de repuesto y los libros de oraciones, por si acaso.

El 26 de diciembre de 1876 desembarcamos en Montevideo. Desde la borda vimos acercarse una pequeña embarcación, y desde ella nos llegó, antes que nada, una voz: un joven rubio, alegre y bullicioso, que nos gritaba bienvenidas en piamontés. Se llamaba Maggiorino, era empleado del Vicario Apostólico y en los siguientes minutos nos libró con gran desenvoltura del asalto habitual de changadores, avivados y curiosos del puerto. El libro de geografía no mencionaba nada de esto.

Tampoco mencionaba el calor de diciembre, detalle que ninguno de nosotros había calculado bien. Nada decía nuestro libro de geografía sobre la Iglesia uruguaya, ni sobre su obispo, monseñor Jacinto Vera: un pastor excepcional que recorría a caballo los rincones más remotos de ese país enorme y casi vacío, predicando misiones en la campaña. 

Instalados en el Colegio Pío, empezamos a conocer lo que ningún libro podría describir: el color del barro del Pantanoso en invierno, el olor del río en verano, la forma en que la gente decía “buenas tardes” aunque no te conociera, el amargor de los primeros mates de la mañana y la adicción que provoca comer dulce de leche a cucharadas. Y el rostro de los primeros gurises que llegaron como internos, la primera generación de jóvenes uruguayos que entraba a una casa salesiana, mirando todo con esa mezcla de asombro y cautela de quien todavía no sabe si este lugar es para él.

Los recibimos. Nos encontramos. Para eso habíamos venido.

Todavía tengo el libro. A veces lo abro en la página de Uruguay y releo los dos párrafos. Son correctos, supongo. Pero son tan poca cosa comparados con lo que este país nos fue dando, que me dan muchas ganas de darle las gracias a don Bosco por haberme mandado a un lugar del que no sabía casi nada.

«Signos de la memoria» es una serie narrativa escrita en primera persona, inspirada en los objetos del Museo de Historia del Colegio Pío que recuerdan la llegada de los primeros salesianos al Uruguay

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