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El frasco de farmacia

"Signos de la memoria", relatos en primera persona tras los objetos del Museo de Historia Salesiana del Colegio Pío
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Llevo más de veinte años atendiendo esta farmacia en Villa Colón y en todo ese tiempo he aprendido a conocer a mis clientes por la forma en que llegan. Los hay quienes entran con vergüenza, los que entran con prisa, los que entran con miedo disfrazado de indiferencia. El padre Lasagna entraba siempre apurado y con una lista.

No era para él. Bueno, casi nunca. Era para un alumno con fiebre, para un hermano con la espalda vencida, para un vecino del Pantanoso al que nadie más había ido a ver. A veces sí venía para él: esa nefralgia que lo martillaba desde los primeros años no le daba tregua. Pero incluso entonces, mientras yo preparaba el ungüento o ponía el jarabe en un recipiente, me preguntaba por los demás. Si había visto mucho movimiento en el barrio, si alguien andaba necesitando una visita…

Lo que más me llamaba la atención era el acento. Los salesianos hablaban un castellano aprendido de los libros, con una música extraña, como de montaña. Me hacían acordar a mi padre, que vino de Galicia cuando era chico y nunca terminó de convencer a la lengua de que ya vivía en otro país. Creo que por eso a estos curas italianos les tomé cariño desde el principio, antes de saber quiénes eran o qué hacían.

Un día, mientras le despachaba un frasco de ungüento que servía para varios males, el padre Lasagna me preguntó cuál era la medicina más efectiva. Yo le dije que dependía de la enfermedad… Entonces él me dijo que nada curaba todos los problemas como el licor de hierbas que le preparaba su abuela en Montemagno, su pueblito en Italia. Pero que eso debía ser por su abuela, no por las hierbas… Y, después de reírnos, me di cuenta de un secreto de estos salesianos: sabían sanar con la cercanía y la amistad que generaban.

Cuando me enteré de que lo iban a nombrar obispo, quise regalarle algo que tuviera sentido entre nosotros. Le traje uno de los frascos grandes, de los de mostrador, de los que uno guarda porque tienen peso y presencia. Le dije que era para que se acordara de la medicina más efectiva. Él se rió, lo aceptó y se lo llevó al Colegio Pío. Ahí debe estar todavía.

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