“Estoy donde tengo que estar”. Esa fue la certeza que sostuvo a Gimena Buffa durante los momentos más álgidos de su año como misionera en Tijuana (México) a donde se fue en 2025 con 26 años. Lejos de su familia, de sus afectos y de todo lo conocido, encontró en esas palabras una forma de recordar por qué había decidido partir. Y también una manera de confiar incluso en medio de la incertidumbre.
A miles o cientos de kilómetros, en un pequeño paraje rural de Durazno, el P. Adrián “Cholo” García aprende cada día lo que significa estar donde uno siente que ha sido llamado. Su misión transcurre entre caminos de tierra, visitas a los vecinos, encuentros comunitarios y largos silencios. Dos realidades distintas, atravesadas por una misma convicción: que misionar es, ante todo, una forma de amar.
¿Qué lleva a alguien a dejar su entorno para compartir la vida con otros? Para el hermano coadjutor Adrián Guerrero, encargado de la Comisión Inspectorial de Animación Misionera (CIAM), la misión encuentra su sentido más profundo “en el encuentro con Jesús”. “Cuando alguien nos hace bien y nos cambia la vida, queremos compartirlo. Con Jesús sucede algo así: la alegría de encontrarnos con él nos mueve a salir y anunciarlo”, explica.
La misión nace, entonces, del amor recibido y del deseo de compartirlo. No se limita a una actividad, un destino o un período de tiempo. Es una dimensión esencial de la vida cristiana a la que todos estamos llamados.
En la espiritualidad salesiana, ese llamado adquiere un rostro particular: siguiendo el ejemplo de Don Bosco, se expresa en la cercanía, la alegría, el espíritu de familia y el acompañamiento, especialmente de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes que atraviesan mayores dificultades.
“Cuando alguien nos hace bien y nos cambia la vida, queremos compartirlo. Con Jesús sucede algo así: la alegría de encontrarnos con él nos mueve a salir y anunciarlo”
CUANDO EL OTRO DEJA DE SER UN DESCONOCIDO
Gimena llegó a Tijuana con preguntas e incertidumbres. Durante un año compartió la vida en dos comunidades salesianas. Le tocó acompañar la vida cotidiana de los oratorios de la ciudad, también estar cerca de mujeres alojadas en un refugio y colaborar en el Desayunador Padre Chava que recibe a personas en situaciones de enorme vulnerabilidad.
Sus días transcurrieron entre la oración comunitaria, el servicio, las tareas de mantenimiento y los espacios compartidos con jóvenes y adultos.
En entrevista con el BS, Gimena recuerda especialmente su primer encuentro con la realidad de una ciudad profundamente marcada por el fenómeno de la migración. Apenas salió del aeropuerto, se encontró con la impactante imagen del muro de varios metros de altura que separa la frontera de México de Estados Unidos. Con el paso de los días, esa frontera empezó a adquirir nombres, rostros e historias.

Allí descubrió que servir no siempre significa realizar grandes acciones. Tras un buen tiempo en el Desayunador “Padre Chava”, Gimena reflexiona sobre el valor de las “pequeñas tareas” que sostienen el servicio, incluso cuando no permiten un contacto directo con quienes llegan a los lugares de misión. “En esos actos, hechos con atención y conciencia, el amor se vuelve acción y se deja sentir sin que hagan falta las palabras”, asegura.
Nuevas formas de vivir, de vincularse y de sostener la esperanza fueron herramientas clave que fue adquiriendo de quienes se cruzaron en su camino.
Al regresar a Uruguay, esa transformación, a la que ella llama “transfiguración”, encontró una expresión que hoy orienta su vida: “Mi vida tiene sentido si se entrega a los demás”. Su sueño misionero no quedó anclado a un año que la marcó a fuego, sino a una nueva manera de mirar el mundo, de reconocer el sufrimiento ajeno y de responder a él desde el amor.
APRENDER A ESTAR, ESCUCHAR Y ESPERAR
En el paraje La Alegría, a orillas del río Negro, el P. “Cholo” realiza desde febrero una experiencia de misión rural. Oriundo de Paso de los Toros y vinculado desde niño a las tareas del campo, sentía desde hacía años el llamado a acompañar a las comunidades más alejadas del país.
Su llegada estuvo marcada por la hospitalidad de los vecinos, que acondicionaron las habitaciones de una pequeña capilla para recibirlo, y allí comenzó un recorrido que, lejos de concentrarse en grandes actividades, lo invita a compartir el ritmo de la vida del campo y a descubrir las riquezas de quienes habitan ese territorio.

La distancia hasta el almacén más cercano, los caminos que dependen del estado de los arroyos, los días sin electricidad después de un temporal y la necesidad de contar con la ayuda de los vecinos forman parte de su cotidianidad.
Pero, más allá de las condiciones materiales, su mayor aprendizaje tiene que ver con la paciencia. “Apurado no se puede andar en el campo”, dice cuando intenta recoger la esencia de los habitantes del lugar. Y reconoce que uno de sus desafíos ha sido “vencer la ansiedad del hacer, para simplemente ser un vecino cercano”.
Las visitas a los hogares y los encuentros comunitarios le han permitido descubrir lo que llama las “brasas de vida”: la generosidad, la hospitalidad, la familiaridad. Se trata de valores que se manifiestan en gestos concretos y sinceros: un vecino que ofrece trasladarlo hasta la ciudad, una familia que comparte el mate junto al fogón, o una comunidad que encuentra motivos para reunirse y celebrar.
Desde esa experiencia, el “Cholo” identifica tres elementos esenciales de la vida misionera: la espiritualidad, el desprendimiento y la paciencia. La misión exige entonces un despojo que va más allá de lo material: implica dejar de poner las propias expectativas en el centro y aprender a respetar los tiempos, las necesidades y los procesos de los demás. Así, el misionero deja de ser únicamente quien lleva un mensaje y se convierte también en alguien dispuesto a recibir, reconocer y aprender.
LA MISIÓN SIEMPRE CONTINÚA
¿Por qué estas experiencias pueden transformar tanto a quienes las viven? Para Adrián Guerrero, la respuesta está en el encuentro.
Cuando nos acercamos verdaderamente a otras personas, las realidades que antes conocíamos de lejos comienzan a interpelarnos. “La misión puede despertar algo muy profundo: descubrir que lo que le pasa al otro también tiene que ver conmigo”, explica. Y recuerda que, desde la fe, el encuentro con quien sufre, necesita compañía o busca ser recibido es también una oportunidad para encontrarse con Jesús.
El verdadero desafío aparece cuando lo aprendido debe encontrar un lugar en la vida de todos los días. “La misión no es un lugar, es una forma de ser, de estar, de vivir”, dice Gimena, que comprende que aquella experiencia en Tijuana no fue un paréntesis, sino una manera de descubrir cómo quiere vivir y relacionarse con los demás.
“La misión no es un lugar, es una forma de ser, de estar, de vivir”
Para Guerrero, todos estamos invitados a recorrer ese camino. No hace falta cruzar una frontera ni viajar miles de kilómetros para responder al llamado. “Todos tenemos personas cerca a quienes podemos hacerles llegar algo del amor de Jesús”, explica.
De eso se trata estar donde tenemos que estar: de aprender a reconocer, en cada lugar y en cada persona, una oportunidad para encontrarnos con Dios. De descubrir que el amor no es solo aquello que ofrecemos, sino también lo que recibimos y nos transforma. Y de comprender que la invitación a amar no tiene un destino ni una fecha de regreso.