Cuando Jesús invita a sus discípulos a “no tener miedo”, debemos tener cuidado de no reducir esta invitación a un eslogan superficial.
Podemos sentir la tentación de leer estas palabras como una llamada a sacar valor de lo más profundo de nosotros mismos, mediante la fuerza de voluntad o el pensamiento positivo. Pero no es así.
La invitación de Jesús no se basa en cálculos humanos. No es un optimismo vacío. Los discípulos, enviados por Jesús como “ovejas en medio de lobos” (Mt 10,16), se enfrentan a peligros y a una oposición real. ¿Qué significa entonces, de verdad, que “no tengan miedo”?
No tener miedo solo es posible porque algo ha sucedido en quienes siguen a Jesús. Se ha creado una relación. Ha nacido una amistad, en el sentido más profundo de la palabra, que ha echado raíces en lo más hondo del corazón de los discípulos. La amistad con Jesús es diferente de cualquier otra amistad. En él y con él descubrimos que somos conocidos y, por eso, sostenidos. Esta relación no es una metáfora sentimental, es la gramática de la intimidad.
La ausencia del miedo es, por tanto, un descubrimiento del que vamos tomando conciencia lentamente, con el paso del tiempo, mediante la práctica de permanecer cerca de él: en la oración, en la escucha de su Palabra, en el encuentro sacramental, en el servicio a los más pobres y a los jóvenes.
Advertimos que, poco a poco, lo que comienza como esfuerzo se convierte en confianza. Lo que comienza como disciplina se convierte en amor. Y, en ese amor, el miedo no desaparece, pero pierde su dominio sobre nosotros. Ya no somos esclavos, sino libres, porque nos abraza el amor de Jesús.
UN CAMINO QUE ENRIQUECE NUESTRA HUMANIDAD
Todo el dinamismo de este pasaje es el de una misión vivida en el seno de un acompañamiento. Jesús les dice a qué deberán enfrentarse, quién es su Padre y promete dar testimonio en favor de ellos. Es decir, no se limita a darles instrucciones, sino que se entrega a sí mismo.
Y este es el corazón de la vida cristiana: no el cumplimiento de un código, sino el camino de confiarse a una persona. “Seguir a Jesús” es una expresión tan familiar que corremos el riesgo de vaciarla de su extraordinario significado. Porque seguir significa ponerse en camino, dejar la seguridad de lo conocido y caminar hacia lo nuevo que va surgiendo: nunca solos, sino con Él, en Él y por Él.
Lo que comienza como esfuerzo se convierte en confianza. Lo que comienza como disciplina se convierte en amor. Y, en ese amor, el miedo no desaparece, pero pierde su dominio sobre nosotros.
La belleza de este camino es que no nos empequeñece ni desdibuja nuestra humanidad. Al contrario: es la senda de la plena humanización. Cuando confiamos en Jesús, cuando nos atrevemos a abandonarnos en Él, descubrimos una capacidad de amar, de resistir, de alegrarnos y de ser solidarios que no sabíamos que teníamos.
Esto es lo que el camino de la fe nos enseña lentamente pero con certeza: que estamos sostenidos. Que nuestra humanidad es preciosa a sus ojos. Que valemos más, infinitamente más, de lo que a veces nos atrevemos a creer.
Y de esa certeza de ser conocidos y amados sacamos la fuerza para afrontar los desafíos de la misión, sin miedo.
UNA IDENTIDAD PERSONAL MADURA
“A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos”. Este es el movimiento culminante del pasaje. No consiste en adoptar una ideología, enarbolar una bandera o defender una causa en la plaza pública. El lenguaje de “declararse” podría sugerir un acto de compromiso público, una especie de posicionamiento estratégico. Pero no es esto lo que Jesús nos pide.
Cuando los discípulos hablan de Jesús a plena luz del día, cuando proclaman desde las azoteas lo que han escuchado en la oscuridad, no están representando un papel. Sencillamente, comparten aquello en lo que se han convertido. Hablan de él porque le pertenecen. Dan testimonio porque su vida ha sido moldeada por la suya.
Declararse por Jesús significa, por tanto, acercarse a la verdad más profunda de lo que uno es.
«No tengan miedo» no porque el mundo se haya vuelto seguro. No porque la misión sea fácil. Sino porque Jesús nos conoce, nos ama y nos sostiene. Nos acompaña aquel que tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza y nos llama por nuestro nombre ante el Padre.
Pidamos que nunca nos falte la gracia de esta libertad, fruto de nuestra amistad con Él.