¿Dios tiene un plan para mí?

El dilema de la voluntad de Dios y nuestra libertad

“Hágase tu voluntad” decimos en cada Padre Nuestro que rezamos. ¿Qué es esto de la voluntad de Dios? Porque si Dios tiene una voluntad sobre mi vida, ¿ya está escrito qué debo hacer? ¿Dios nos pone en una encrucijada con varias opciones y hay una que es la que debo hacer mientras las otras me llevan a la perdición?

Esas son preguntas no nos llevan a buen puerto ya que hablarían de un Dios cruel, que mira cómo nos equivocamos, que nos plantea un escenario como un director de película… y mucha suerte. 

Plantear esta cuestión con la perspectiva de estas preguntas es un error desde el comienzo porque partimos de la base de que podemos hacer algo que, en realidad, no podemos: conocer en su totalidad el corazón de Dios. O creer que el discernimiento es el arte en el que descubrimos la voluntad de Dios para nosotros aquí y ahora.

En realidad, el discernimiento no es otra cosa que un don de Dios y tarea nuestra donde entran a jugar nuestros deseos más profundos, nuestra historia, nuestras heridas, nuestros anhelos, nuestra realidad actual. Desde allí, siempre acompañados, respondemos a lo que nos toca desde la verdad y la posibilidad.

Por lo tanto, no se trata de descubrir cuál es el guion que Dios tiene preparado para nosotros, sino de leer nuestro corazón y nuestra realidad para responder con sinceridad, siendo fieles a aquello que nos hace mejor, nos alegra el corazón y nos da paz. Allí, solo desde allí, podremos descubrir qué es la fidelidad a Dios. 

Parece mezclado y complejo. Pero debemos cambiar las preguntas que nos hacemos para no encontrarnos con un Dios perverso, o también con iluminados que se animen a sostener que saben “lo que quiere Dios para vos”: eso es todavía más peligroso. 

En síntesis: ¿no hay una voluntad de Dios? Claro que la hay, la pedimos en cada oración. 

No se trata de descubrir cuál es el guion que Dios tiene preparado para nosotros, sino de leer nuestro corazón y nuestra realidad para responder con sinceridad, siendo fieles a aquello que nos hace mejor, nos alegra el corazón y nos da paz.

Pero de la única voluntad de Dios que podemos hablar es de aquella que conocemos porque el mismo Dios la reveló y nos la dio a conocer: “Dios nos ha elegido en Cristo antes de crear el mundo, para ser santos e irreprochables ante Él por el amor. Él nos eligió, por voluntad suya a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (Ef 1, 4-5). 

Esta es la única voluntad que estamos, incluso, llamados a anunciar: Dios quiere que todos seamos sus hijos, quiere que toda la humanidad entre en esta corriente de amor en la que Él nos soñó desde siempre. 

Dios nos quiere hijos libres, responsables, que eligen amar y ser amados en lo de cada día. Es tarea nuestra y don de Dios construir esa respuesta hoy, siempre acompañados por una comunidad y por el mismo Espíritu que habita en nosotros. 

Solo seremos fieles a la voluntad de Dios si elegimos amar siempre. Si elegimos ser fieles a nuestros principios y convicciones, integrando toda nuestra historia y dando ese sí confiado en el hoy. Un sí responsable y lleno de libertad, esa libertad que solo en Dios podemos encontrar.

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