Un miércoles de agosto se escuchó por una callecita de Montevideo un tambor tocando solo. Uno pensaría que sonaba triste o solitario, pero en la madera tenía una clave alegre. Se le fueron sumando palmas y, poco a poco, todo el barrio hizo que naciera una comparsa en el aire, invisible, casi imaginaria. Los rincones estaban llenos de risas y las personas se acercaron a esa procesión musical interminable. Quien lo veía de afuera no veía una despedida, sino una celebración de la vida.
Ese tambor que iba entre la gente estaba un poco desgastado y golpeado de más. Seguramente había pasado por muchas llamadas, un montón de manos y alguna que otra caída. Era un tambor de la época en la que los tambores no estaban tan bien vistos: en donde el candombe era para unos pocos no tan privilegiados y en donde les pedían que tocaran bajito.
Pero ese tambor era distinto. Siempre había sonado fuerte y al lugar al que llegaba se hacía escuchar con sus frases, su feliz sonido y su impresionante versatilidad. Lo raro es que no se llegaba a distinguir qué tipo de tambor era. Por momentos parecía un tambor chico. Un sonido constante y alegre que hacía que todo el mundo bailara y disfrutara de esa música. En otros momentos parecía un tambor piano. Un sonido profundo, melancólico, que resonaba en el pecho. Y en otros parecía un tambor repique. Pícaro, siempre jugando con una variedad increíble e invitando a moverse.
Sin dudas ese tambor era especial. En ese mar de gente, sin que nadie supiera, estaba haciendo su última función. Su madera oscura, su lonja, que había pasado por tantos fuegos y que había llegado a tantos lugares, tocaban por última vez.
La música tiene esa magia y ese poder de transformar el mundo. De llegar a los rincones más lejanos de una ciudad o una persona. Puede reconstruir las raíces de un pueblo o cambiarnos el día. Nos acompaña mientras hacemos algo o nos despierta en la mañana. Nos ve crecer. Nos conoce cuando somos niños, nos mueve de adolescentes. La sentimos de jóvenes y la entendemos siendo adultos.
La música tiene esa magia y ese poder de transformar el mundo.
Este tambor había pasado por todas estas etapas. Había acompañado a miles de niños y niñas en algún patio de escuela. Una vez descubrió que las manzanas son más frescas por la mañana y que los niños del mundo deben tener todos un lugar. Siendo joven sufrió por amor y entendió que para ese amor ya no había más tiempo porque se lo había llevado el viento. Siguió creciendo, se enojó y se preguntó quién va a cantar, pero descubrió que ante las injusticias hay que juntarse con los hermanos, y juntos, repiquetear las manos. Ya de grande entendió que tenía todo el tiempo de bailar hasta que muera, porque en la vida había sido feliz, y ahora su hijo solo se duerme si le cantan una canción que habla de lo bello que es su país.
Toda una vida sonando en sus calles, con su gente. Trayendo alegría, candombe y plena a su pueblo. Ese sonido feliz, lleno de vida y esperanza.
Ese miércoles se escapó del mar de gente mientras seguía sonando la comparsa por su barrio. Se fue tocando por un costado en clave alegre, con la tranquilidad de que ese sonido seguirá sonando en otras lonjas y en otras maderas para hacer que todos bailemos.
Un tambor distinto, pero que todo el mundo podía reconocer. En la madera dos iniciales, “R.R.”, pero a él, por su color oscuro, le gustaba que le digan “Negro”.