En primera persona

De la comunidad a la misión

Los rasgos de Madre Mazzarello que marcaron a las primeras FMA

Al mirar las primeras comunidades religiosas y la fervorosa espiritualidad de nuestros fundadores, podemos visualizar varios augurios de la expansión y fecundidad del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora y de la misión salesiana en general a lo largo del tiempo.

Para comprender a Madre Mazzarello es necesario volver a los primeros años de su vida. Allí encontramos algunas experiencias que sellan profundamente su personalidad: Mornese, el ambiente en el que crece y, sobre todo, su familia. Sus padres, aunque muy diferentes entre sí, coinciden en la educación de sus hijos. Main, como la llamaban cariñosamente, es la mayor de 13 hermanos y hermanas, por lo que desde muy joven aprende a ejercer esa maternidad que siempre será una de sus características.

Su guía espiritual, Don Pestarino, es un hombre muy preparado, atento y capaz, un verdadero director espiritual que forja la espiritualidad de María Dominga en un camino formativo exigente. En él se encuentran las dimensiones de una humanidad luminosa, hecha de sencillez y sacrificio, pero también de ambición y deseo de superación, con las exigencias de un seguimiento que despoja y libera de todo aquello que no es Dios.

Quienes la conocen destacan que es una mujer dotada de dones especiales para la dirección de las almas y que posee una gran capacidad de discernimiento. Precisamente a estas características se le atribuye el notable desarrollo del Instituto, que llega a maravillar incluso a su propio fundador.

En la comunidad de los orígenes, María Dominga crea un clima en el que el espíritu de familia se entrelaza con la generosidad cotidiana para afrontar sacrificios de todo tipo. 

María Dominga es una persona que no se deja desalentar por la historia ni por las situaciones adversas. La vemos siempre dispuesta a acercarse a las personas, a vencer la desconfianza, y a mostrarse abierta indistintamente a todos. Es firme a la vez que serena  para sostener al grupo de las primeras FMA en el paso de ser mujeres cristianas comprometidas a mujeres consagradas salesianas.

Y hay otro elemento que debemos destacar: la pasión misionera que impulsa a Mornese a salir al encuentro con los demás. Sabemos que la pasión apostólica es plenamente compartida con nuestro fundador. 

Cuando Don Bosco y Madre Mazzarello se encuentran, lo hacen precisamente en el terreno de la misión apostólica y en la única llamada carismática a la que cada uno responde desde su propia identidad y con sus propios dones, pero bajo la guía del Espíritu Santo.

Madre Mazzarello vive el sueño de abrir un taller para enseñar a coser a las niñas y a las jóvenes; no solo para brindarles una oportunidad laboral, sino, sobre todo, para ayudarlas a conocer al Señor y a entrar en contacto con Él, a dejarse atraer por Cristo, porque solo en Él encuentra sentido la existencia humana. Ella sabe que no podemos obtener todo lo que deseamos por nuestros propios medios y que hace falta mucha paciencia. Al igual que Dos Bosco, conserva todas las virtudes de los campesinos, quienes, al aprender a trabajar la tierra, aprenden a respetar los ritmos de la naturaleza y a amigarse con la realidad.

Así, el sueño misionero se vuelve cada vez más claro y fuerte, hasta llegar a decidir, junto con seis jóvenes FMA, a realizar la primera partida misionera, el 14 de noviembre de 1877, y llegar precisamente a Uruguay: la Mornese de América, la tierra bendecida y deseada.

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