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«Que el otro no te sea indiferente»

La vida del P. José Tejero es una acción de gracias “para responder a tanto amor recibido”
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José Tejero tiene una sonrisa ancha. No hace falta un gran esfuerzo para percibirlo: la expresión de su rostro es la de un hombre agradecido. O, como él mismo explica, el brote natural ante tanto don recibido.

Con 85 años de edad y 60 como sacerdote salesiano, pasó por diferentes comunidades donde pudo palpar que “lo más importante es actuar desde el amor”. Afectuoso, aún se emociona al recordar los dos años que vivió con el padre Cacho y asegura que necesitamos cambiar la mirada para dejar de reconocer al otro “como un antagonista” para empezar a verlo como lo que “está llamado a ser: un amigo, un hermano”.

Las metáforas deportivas y los chistes mundialistas atraviesan casi toda la charla. Hincha fanático de Nacional, utiliza el fútbol para describir su propia vida: “soy un salesiano que ha sentido un llamado y que, con muchas alternancias, insuficiencias y limitaciones, ha intentado e intenta seguir poniendo sobre la cancha lo mejor que puede, dando pases y pateando algún tiro al arco para responder a tanto amor recibido”.

Este es un resumen de la entrevista con el BS.

Creciste en una casa muy atravesada por la política, pero decidiste ser sacerdote. ¿Qué fue lo que te definió?

Muchísimas cosas, pero sin duda que las raíces están en la familia. Crecí en una familia profundamente cristiana donde había militancia política, pero me definí por la salvación de las almas, que era la fórmula que se utilizaba antes para llevar la Buena Noticia y que consiste en darle plenitud para siempre a la vida de un hermano. Por supuesto, eso no fue de golpe, sino que uno lo fue madurando en catequesis, en Talleres Don Bosco, junto con los salesianos. Esas cosas te van preparando para definir y encontrar un sentido que uno no termina nunca de cerrar. Siempre se van renovando nuevos umbrales y visiones.

¿Cómo ves que ese objetivo de “salvar almas” se ha cumplido a lo largo de tu vida?

No siempre [se cumplió] perfectamente, como uno desearía, ¿verdad? Antes de ser sacerdote, por ejemplo, me tocó ir a Melo, donde el director era el P. Orestes Nuti –que después fue obispo de Melo– y estaba el P. Manuel Oriental Pías, que era un catequista sensacional. Estar allí, con 35 pupilos de la campaña, me imprimió un sello de vida salesiana. Fue una vivencia donde era palpable el espíritu de Don Bosco y esto de la salvación de las almas. No eran todos los goles a favor, claro, había algunos en contra, pero eso me dio una mirada significativa de ir convocando, enseñando y abriendo horizontes.

«Crecí en una familia profundamente cristiana donde había militancia política, pero me definí por la salvación de las almas»

¿Cómo definirías estos 60 años como sacerdote?

Como una linda peregrinación, con momentos muy luminosos y también con algunas montañitas más difíciles, pero nada que pueda quebrarte o ponerte en un túnel oscuro. Hubo etapas hermosísimas. En Talleres Don Bosco, por ejemplo, también estuve con el pupilaje durante cuatro años, con chiquilines de todos los departamentos, aprendiendo carpintería, herrería, zapatería y viendo cómo se iban preparando para la vida. Eso te llena el corazón. Sobre la acción fui aprendiendo a ser maestro. ¡Con 19 años era profesor de Historia y maestro de sexto año! También  [aprendí] a ser sacerdote y a comprender un poquito más el misterio del corazón humano, que no es nada fácil porque somos muy distintos y hay muchos recovecos. 

Una experiencia significativa fueron los dos años que viviste con el padre Cacho. ¿Qué recordás de ese tiempo?

¿Qué querés que te diga…? Hasta ahora me emociono… [silencio]. Me emociono porque es estar al lado de alguien que es muy difícil de definir e identificarse porque era una sencillez, una transparencia y una ternura hacia el pobre hermosísima. Los conquistaba con una misericordia y un amor que no es muy explicable racionalmente, ¿no? Hay un misterio de un regalo de lo alto en ese corazón inmenso. Fueron dos años muy, muy ricos.

¿Cómo lo definirías?

Como San Padre Cacho. Fue un santo que descubrió en los demás, especialmente en los pobres, ese corazón misericordioso que Jesús nos testimonió como camino de realización. Y lo descubrió y lo vivió de una manera natural, no impostada ni forzada.

También participaste de la fundación del Movimiento Tacurú…

Queríamos que las obras de la Inspectoría no solo fueran formales, sino que hubiera una inserción barrial, algo de vecino, al estilo padre Cacho, pero llevado a una comunidad. Recuerdo al P. Mateo Méndez y al P. Walter Cocozza con una sonrisa muy grande, como diciendo: «juntos vamos a poder seguir haciendo más». En ese momento estábamos en Sayago, aún no existía el Tacurú de hoy, y los chiquilines venían, pasaban la jornada, hacíamos alguna actividad como armar  biromes o palillos para colgar la ropa y allí los chiquilines aprendían que trabajando conseguían su dinero. Al principio les daba vergüenza, pero después cuando empezaron a llegar al barrio con la bicicleta o una motito chica, ya hacían fila para estar. 

Una de las cosas más lindas fue cuando Miguelito, que falleció hace poco, volvió y nos comentó: «¡Le pude comprar la garrafa a la abuela!». Inolvidable para nosotros la alegría con que lo dijo; la dignidad y el gozo de su expresión fue una de esas joyas que te regala la vida. Era un chiquilín, que tendría en ese momento 14 años y que realmente estaba en la lona, y encontraba un camino para que su corazoncito, que quería ayudar a la abuela, pudiera sonreír y decir «cumplí una meta”.

«El padre «Cacho» fue un santo que descubrió en los demás, especialmente en los pobres, ese corazón misericordioso que Jesús nos testimonió como camino de realización».

Estuviste, durante muchos años y en distintas comunidades, trabajando por los más pobres. ¿Qué aprendiste?

Que lo más importante es actuar desde el amor. Yo tengo un autor muy querido, que es un filósofo uruguayo que se llama Juan Luis Segundo, que afirma que si somos hijos de Dios es porque en nuestro interior, la parte que más nos identifica y es más verdadera es ser creadores de amor. Y cuando nos ponemos en sintonía con esa parte interior estamos dando en el clavo, estamos siendo nosotros mismos y estamos cumpliendo la misión que es transmitirle al otro que lo queremos, que lo queremos ayudar y que no tenemos otra intención: ni usarlo, ni mandarlo, ni ser más importante, sino que él pueda crecer en esta dirección también. La reciprocidad es la señal de que estamos cumpliendo el objetivo. 

En una entrevista con El Observador dijiste que la clave del cambio cultural era «volver al nosotros«. ¿Qué significa?

Que el otro no te sea indiferente, que no sea un antagonista o un competidor, sino lo que está llamado a ser: un amigo, un hermano. Si sintiéramos más fuerte eso, seríamos solidarios mucho más fácilmente. Nos brotaría espontáneamente. Así como a un uruguayo le tirás una pelota de fútbol y te sale jugando, verías la realidad y te saldría de adentro responderle al que está al lado con vivienda, con educación, con vestido, con alimentación. Mucho se está haciendo, pero tendríamos que empeñarnos más a fondo, ¿no?


«Que el otro no te sea indiferente, que no sea un antagonista o un competidor, sino lo que está llamado a ser: un amigo, un hermano».

De chico creías «en un Dios inmenso», según comentaste en una nota hace varios años con el BS. Después de toda tu vida, ¿en qué Dios creés?

Capaz que no grande en el sentido de cuando niño pedía el milagro de que ganara Nacional, que Atilio García hiciera un gol, pero sí inmenso en que cuando nos ponemos en apertura y en disponibilidad es donde nos viene esa oferta de plenitud. Esa sensación de que algo muy grande de amor, de gratuidad, de capacidad y de don se está dando. 

¿Quién es Dios para vos?

Y bueno… Jesús lo llamaba «padre» en el sentido de «origen». Es el origen amoroso de todo lo que soy. Y lo primero que soy es acción de gracias. Cuando sentís que todo lo que sos, fuiste y estás siendo en la vida tiene el origen en un corazón de Padre que te quiere inmensamente, ¿cómo no vas a agradecer? 

Yo cuando me pongo a pensar —porque viste que ya no me falta mucho para la despedida [risas]— en cómo quisiera sentirme… no sé cómo será, pero me la imagino agradeciéndole a Dios por la vida y el cariño y todo lo que me ha ido pasando. También los momentos de rebeldía y egoísmo, con la seguridad de que Él perdona.

«Dios es el origen amoroso de todo lo que soy»

¿Quién es el P. José Tejero?

¡Un pobre tipo! [risas]. Un salesiano que ha sentido un llamado y que con muchas alternancias, insuficiencias y limitaciones, ha intentado e intenta seguir poniendo sobre la cancha lo mejor que puede, dando pases y pateando algún tiro al arco para responder a tanto amor recibido.

¿Qué le dirías a los jóvenes?

Que salven el alma. Que encuentren en su corazón la vocación de que están llamados a vivir dando la vida con alegría, con entusiasmo, con ilusión, con imaginación… pero dando la vida.

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