Pasamos buena parte de la vida preparándonos para vivir. Esperamos que llegue el fin de semana. Que aparezca una oportunidad. Que las cosas se acomoden un poco más. Sin darnos cuenta, nos acostumbramos a mirar siempre hacia adelante, como si la vida estuviera ocurriendo en un lugar al que todavía no llegamos.
Y, mientras tanto, la vida pasa.
“Pequeñas cosas”, de Juli Jelen, habla de una experiencia que probablemente todos conocemos, aunque pocas veces nos detengamos a nombrarla. Hay un verso que logra decirla con una sencillez enorme: con los ojos tapados me perdí.
No hace falta cerrar los ojos para dejar de ver. A veces alcanza con vivir demasiado apurados, con la cabeza puesta en lo que viene y el corazón apenas presente en lo que está pasando. Alguien termina de contarnos algo importante y la respuesta sale casi en automático porque ya estamos pensando en lo siguiente. El mate se enfría sobre la mesa mientras una mano sigue deslizando la pantalla del celular. Todo sucede mientras nuestra atención está en otra parte.
Eso también es caminar con los ojos tapados: dejar de estar verdaderamente presentes. Vivir pendientes de lo que falta, de lo que todavía no llegó, de ese momento en el que imaginamos que por fin podremos descansar, disfrutar o sentir que todo está en su lugar.
Qué fácil es convencernos de que la vida va a empezar un poco más adelante. Como si primero hubiera que resolver todos los pendientes. Como si la alegría necesitara esperar un poco más.
Y así pasan los días. No de golpe. De a ratos. En una sobremesa que termina demasiado rápido. En una conversación que escuchamos a medias. En un abrazo que no termina de sentirse porque la cabeza ya estaba en el siguiente lugar. En tantas escenas que parecen comunes mientras suceden y que, con el tiempo, descubrimos que son la vida misma.
Soñar también es una forma de vivir, pero a veces ponemos tanta esperanza en lo que todavía no llegó, que dejamos de reconocer aquello que ya nos está sosteniendo.
Porque la vida casi nunca hace grandes anuncios. Llega despacio. En una risa compartida. En el olor de la lluvia sobre la tierra. En un mensaje inesperado. En el silencio de una caminata. En esa sensación difícil de explicar que aparece, por un instante, cuando todo parece estar exactamente donde tiene que estar.
Y muchas veces recién comprendemos cuánto valía un momento cuando ya pasó. No porque mientras ocurría fuera extraordinario, sino porque estábamos demasiado ocupados esperando otra cosa.
Clave para pensar o trabajar interiormente:
¿Qué parte de tu vida ya está “sucediendo” mientras seguís esperando que algo empiece?