Guardé la tarjeta toda la vida. La tengo todavía, doblada en cuatro, entre las páginas de un libro de poemas que me acompañó desde joven. Ahora yo misma quiero donarla al museo del Colegio, aunque mis hijos me dicen que no, que es nuestra. Supongo que tienen algo de razón, pero también tiene sentido que esa tarjeta vuelva al Pío.
Era una noche de 1885. En Villa Colón las calles todavía tenían ese aire de pueblo que hacía que todos se conocieran, así que a varias familias se les había ocurrido organizar un baile de primavera. Mi padre, don Aurelio Fynn, era uno de los siempre estaba detrás de esos encuentros. Yo tenía 18 años y un vestido celeste que mi madre había cosido con una tela que vino de Montevideo.
En la tarjeta, que era pequeña y tenía el borde dorado, una iba anotando con quién bailaría cada pieza. Era la manera que teníamos de no perdernos en la noche, de saber de antemano a quién le daríamos la mano para comenzar a bailar.
Esa noche apareció Joaquín. Era pupilo del Colegio Pío, hijo de una familia de la campaña, y bailaba con esa torpeza simpática de los que nunca aprendieron bien, pero se animan igual. Me pidió la tercera pieza, una polca. Yo anoté el nombre en la tarjeta con la letra más prolija que pude y con el corazón latiendo fuerte por los nervios.
Lo que no sabía era que ese baile cambiaría mi vida y que ese nombre quedaría unido al mío para siempre.
Nos casamos tres años después, en la capilla de Santa Rosa, la misma que hoy es el Santuario de María Auxiliadora. El padre Lasagna nos bendijo. Joaquín lloraba, lo que me pareció sorprendente y enternecedor.
Me dijo después que nunca había imaginado que un gurí de Tacuarembó, que entró al Colegio sin saber casi nada del mundo, iba a terminar casándose unos años después en esa misma capilla, enamorado y agradecido, rodeado de sus compañeros y de los salesianos que lo habían recibido.
Todo comenzó con una tarjeta de baile. Ahí está todavía, con su borde dorado y el nombre de Joaquín escrito con mi mejor letra. Mis hijos, que también fueron alumnos de esa primera casa salesiana, dicen que es nuestra. Yo digo que es de todos, y simplemente cuenta algo de lo que pasó una noche de primavera en Villa Colón, cuando alguien se animó a pedir una polca.