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¡Ese es mi nieto!

El lugar de los abuelos en la crianza de los más chicos
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Los tiempos cambiaron y cambiaron para todos. Los hijos ya no somos los hijos de antes y tampoco lo son nuestros padres. Grandes y chicos fuimos modificando poco a poco nuestras características. Las familias de hoy y sus distintas versiones son reflejo de eso. Y tal vez sea en el rol de los abuelos donde ese cambio se nota con mayor claridad.

“No hay punto de comparación entre el abuelo que tenemos en el imaginario de hace algunos años y el rol que tienen los abuelos de ahora”, afirma Ricardo Alberti, sociólogo y magíster en Gerontología Social. Los abuelos actuales, explica, “son mucho más jóvenes, o están físicamente más jóvenes”. Antes podía ser “una viejita, en una silla mecedora, vestida de negro por el duelo”; hoy puede ser una persona que trabaja, camina, se forma, acompaña y proyecta.

La licenciada en Psicología Dinorah Beitler, quien trabajó durante muchos años con adultos mayores, coincide: “Esas generaciones actualmente son mucho más activas de lo que eran antes”, resume.

Cambió la longevidad, la estructura familiar, el lugar de las mujeres en el trabajo, las formas de criar y también las necesidades económicas y afectivas de los hogares. Por eso, el abuelazgo del siglo XXI poco tiene que ver con lo que sucedía en el milenio pasado. Hoy, ser abuelo tiene mucho más que ver con la presencia, con el acompañamiento y a veces, también, con la exigencia. El rol es más activo a nivel familiar y eso trae oportunidades y desafíos.

EL SOSTÉN COTIDIANO

Hace algunos años, en muchas familias, los abuelos ocupaban un lugar más lejano, con espacios esporádicos: hacían algunos paseos con sus nietos, compartían una tarde, regalaban permisos o contaban cuentos en ocasiones especiales. Hoy todo eso sigue siendo parte de la realidad de muchos de ellos, con la particularidad de que, además, participan de forma activa en la vida cotidiana y la crianza de sus nietos. “Tenemos abuelos muy presentes e involucrados en la crianza de sus nietos, ya sea de forma directa o indirecta”, explica Alberti.

Detrás de ese cambio hay madres y padres con jornadas extensas, hogares diversos y una vida cotidiana que muchas veces no logra sostenerse sin redes de apoyo ni sin abuelos. Alberti habla de un “aporte grandísimo” que no se limita al cuidado de los nietos, sino que también incluye apoyo económico y acompañamiento familiar.

Pero esa imagen luminosa también debe ser mirada con cuidado. Beitler advierte que muchas veces el límite entre ayudar y asumir una responsabilidad permanente se vuelve difuso. “Hay muchos abuelos que hoy ocupan roles de cuidadores de sus nietos y a veces el límite se va corriendo y el ‘te ayudo’ se convierte en ‘si no trabajás, podés ocupar ese lugar de cuidador’”, explica. 

“No hay punto de comparación entre el abuelo que tenemos en el imaginario de hace algunos años y el rol que tienen los abuelos de ahora”

Hablar de los abuelos de hoy exige evitar dos simplificaciones: ni idealizarlos como seres siempre disponibles, ni pensarlos como figuras pasivas que solo reciben cuidado. Hoy, el rol del abuelo se encarna en personas con deseos, límites, cansancios, proyectos y derechos. Pueden cuidar, pero también necesitan ser cuidados, así como sucede en otras etapas de la vida.

UN AMOR QUE DEJA HUELLA

Aunque hoy muchos abuelos cumplen tareas de cuidado, su importancia no se agota en lo funcional. No son valiosos solamente por resolver horarios o ayudar a los padres a trabajar. Su presencia brinda algo más profundo: una forma de vínculo que no reemplaza el rol de los padres, sino que lo complementa, genera un aporte distinto y deja huella.

Beitler lo expresa con una imagen afectiva: cuando el abuelo está cerca, se involucra, y la familia se sostiene sobre bases de amor, respeto y tolerancia. “Tienen un papel mágico, porque lo que deja un abuelo es distinto a lo que puede dar un papá”, explica. Para ella, “el abuelo descubre una forma de amor impensada y eso es lo que se le impregna al nieto. Es una conexión única y hermosa”.

Ese amor tiene otros tiempos. Muchas veces llega cuando ya no pesa de la misma manera la urgencia de educar, corregir o resolver la supervivencia diaria. Alberti lo formula así: “Terminamos aprendiendo a ser padres cuando somos abuelos, porque ya no tenemos la presión por la eficiencia, la salud, los deberes, las actividades del día”. Desde ese lugar, los abuelos pueden ofrecer una escucha distinta, una paciencia nueva, una mirada menos exigida por el rendimiento o las tareas cotidianas.

Esto no significa que los abuelos no deban poner límites. Beitler aclara que, incluso cuando un abuelo o abuela “tiene que poner límites”, lo hace desde otro lugar. No se trata de permitir todo, sino de acompañar desde una experiencia vital que permite mirar con más perspectiva.

MENSAJES DE ESPERANZA Y CONCILIACIÓN

En el corazón de muchos, los abuelos han sido y siguen siendo transmisores de memoria. Transmiten canciones, rezos, historias familiares, recetas y pequeñas prácticas que sostienen identidades. 

En la tradición salesiana, donde educar es estar cerca, acompañar, crear casa y ofrecer confianza, la figura de los abuelos tiene una resonancia especial. Muchas veces su presencia se parece a esa pedagogía de la cercanía: estar, escuchar, esperar, corregir con cariño y ofrecer esperanza cuando todo parece ir demasiado rápido.

Alberti afirma que los abuelos “son quienes hoy dan mensajes de esperanza hacia el futuro en las familias”. La frase resulta significativa en una época de incertidumbre. Los abuelos saben, por experiencia, que la vida cambia. Han atravesado crisis, pérdidas, alegrías y duelos. Por eso, cuando acompañan a sus nietos, no solo les hablan del pasado, también les muestran que el futuro se puede habitar.

A su vez, en familias atravesadas por agendas cargadas, pantallas y tensiones económicas, los abuelos ocupan también un lugar de mediación. Alberti señala que “suelen ser mediadores de los conflictos familiares, especialmente en los ámbitos con adolescentes”. Quedan entre la enseñanza de los padres y las necesidades de los nietos, entre la norma y la escucha, entre la urgencia de una generación y los tiempos de otra.

Ser abuelo en el siglo XXI es vivir un rol en transformación permanente. Es estar más presente que antes, pero también necesitar más reconocimiento. Es cuidar sin dejar de ser persona, acompañar sin reemplazar, transmitir memoria sin quedar atrapado en el pasado y descubrir un amor nuevo.

Quizás por eso la pregunta no sea únicamente cómo son los abuelos de hoy, sino qué lugar les damos. Si los miramos con respeto, cuidamos su libertad y agradecemos su entrega, los abuelos pueden seguir siendo una de las grandes escuelas de humanidad de nuestras familias: una escuela donde se aprende a pertenecer, a cuidar, a recordar y a esperar.

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