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De cuatro animadores a una comunidad que crece

El oratorio San Ramón de Paysandú celebra su primera década
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Era 2018 y el oratorio San Ramón de Paysandú tenía dos años de existencia. Un día, los animadores estaban reunidos en ronda y uno tiró la pregunta: “¿Hasta qué año creen que puede llegar el oratorio?”. Uno respondió: “Para mí llegamos a los diez años”. Todos se empezaron a reír. “Ni en pedo”, dijo uno. “Nos peleamos todos antes”, agregó otro. “No llegamos”, remató un tercero.  

Franco Adano (24) estaba ahí y todavía se acuerda de esa charla. “En aquel tiempo no teníamos una base sólida de animadores, aunque todos teníamos ganas”, relata, ocho años después. “En la primera recorrida trajimos repocos niños. En un barrio nuevo, agarrar confianza no es fácil. Nadie conocía lo que hacíamos y el gran desafío era conseguir gente para animar”. 

Ninguno creía que el oratorio llegaría a los diez años. Pero llegó. 

EMPEZAR DE CERO

“Un poquito de historia”, dice Franco cada vez que cuenta los comienzos del oratorio San Ramón. Sus compañeros se ríen. Es una frase que repite siempre.

La primera tarde de oratorio fue el 4 de junio de 2016. Eran cuatro animadores al frente de la propuesta, quienes estaban vinculados a la Basílica Nuestra Señora del Rosario y San Benito de Palermo y al Movimiento Juvenil Salesiano (MJS) del colegio Nuestra Señora del Rosario. Se encontraban cuando podían: cada quince días, a veces de forma esporádica.

Franco se incorporó al oratorio en 2017. Un referente lo convocó tras verlo participar en la misión que realiza el MJS del colegio en Porvenir, al suroeste de Paysandú. 

El grupo humano se fue armando con exalumnos salesianos y jóvenes de otros lugares. Santiago Núñez (24) estudió en el colegio teresiano Neike, que cerró sus puertas en 2015, y llegó a San Ramón en 2018 tras animar en el MJS del colegio salesiano de Paysandú. “La invitación surgió de un conocido y me di cuenta de que, con una pequeña acción, estaba influyendo de manera positiva en una cantidad de gurises. Es muy reconfortante”.

En la actualidad hay 40 animadores. Tres de ellos son coordinadores, un rol que se renueva cada año. En 2026 ingresaron 16 nuevos y otros 15 quedaron en lista de espera, pero hay algunos desafíos.

Tenemos un fenómeno, que capaz no se da en Montevideo, que es el fenómeno de tener que irse por estudiar. Armás un grupo, venís excelente y llega un momento en que eso se desarma porque muchos se van a la capital, a Salto o a Argentina, como fue mi caso. Son muy pocos los que se quedan en Paysandú”, cuenta Santiago.

Sin embargo, muchos mantienen un vínculo con el oratorio y sus compañeros. “Las puertas de San Ramón están siempre abiertas”, expresa Franco. “Cualquier animador que haya pasado, y tenga ganas de volver, lo puede hacer cuando sea”.

HACERSE PARTE DEL BARRIO

Julieta Díaz y Lucía Bartaburu, ambas de 21 años, compartieron el jardín, la escuela y el liceo en el colegio Nuestra Señora del Rosario. Se conocían desde siempre. Pero fue la animación en el oratorio lo que terminó de convertirlas en amigas.


“Tenemos un fenómeno, que capaz no se da en Montevideo, que es el fenómeno de tener que irse por estudiar. Armás un grupo, venís excelente y llega un momento en que eso se desarma porque muchos se van a la capital, a Salto o a Argentina, como fue mi caso. Son muy pocos los que se quedan en Paysandú”

Se integraron en 2020, en plena pandemia. Se reunían por Zoom y coordinaban días para repartir meriendas. “Sabíamos que es algo importante para los gurises”, cuenta Lucía.

El oratorio funciona en la parroquia San Ramón y San Juan Bosco, en el barrio El Puerto, a pocas cuadras del río Uruguay. Es una zona inundable. Ante la mínima crecida, hay familias que deben irse. Los realojamientos forman parte de la vida del lugar. 

Frente a estas circunstancias, los animadores han realizado ollas de guiso para repartir viandas entre las familias damnificadas. “No nos deslindamos nunca del barrio”, expresa Lucía. 

Incluso en esos momentos, el oratorio no ha dejado de funcionar. Y las catequesis y juegos improvisados con los niños de la vuelta han sido una oportunidad para llegar a otras familias de El Puerto.

San Ramón se sostiene con la ayuda del padre Julio Dodero —encargado de pastoral de la comunidad—, un grupo de feligresas, una venta económica y un bingo organizado por los animadores. “Es la base de nuestra economía”, cuenta Lucía. “Es lo que más nos ha resultado, se suma mucha gente”.

LLEGAR A MÁS

Los animadores se organizan en cinco recorridas. La más lejana queda a dos kilómetros. Cada sábado, reúnen entre 70 y 90 chicos, una cifra que hace una década parecía impensada. Van niños desde los tres años hasta adolescentes de 17, o incluso un poco más. A muchos de ellos los vieron crecer. 

“Cualquier animador que haya pasado, y tenga ganas de volver, lo puede hacer cuando sea”.

Cada tarde de oratorio es igual a la de cualquier otro. Comienza con un momento de patio libre, mientras llegan los gurises. Una vez que están todos, hacen las “Buenas tardes” y luego se dividen en chiquitos, medianos, grandes y adolescentes. Hay un espacio de catequesis por grupos en el que se intenta “inculcar valores y mostrar otras realidades mediante un juego o algún tipo de dinámica”, expresa Franco.

Lucía, que es animadora de adolescentes, dice que uno de los temas que se aborda es la importancia de estudiar. “Muchos te dicen: ‘Termino el ciclo básico y dejo’. Pero, además, está la imposición de trabajar”. Para despertar el interés de los jóvenes se han hecho talleres de oficio como carpintería y cocina.

Después de los momentos por división, todos se vuelven a juntar para la merienda. Siempre hay bollos y chocolatada o jugo. Al rato, cada grupo retoma su recorrida con la promesa de reencontrarse el sábado siguiente.

TIEMPO DE MISIÓN

En diciembre de 2017 se realizó la primera misión de verano en San Ramón. A los cuatro animadores se sumaron 20 jóvenes, entre ellos Franco. “De ahí en adelante, crecimos como grupo humano y nos expandimos en el barrio”, dice. 

Las misiones convocan a más niños que un sábado habitual. En algunas ocasiones llegaron a reunir 120. Son cinco días seguidos de oratorio, una jornada de visitas casa por casa y un fogón abierto a todo el barrio, con bingo y campeonatos de truco y conga. “Tenemos una linda convocatoria”, dice Santiago.

Esta instancia permite que los animadores compartan momentos de reflexión y celebraciones. Lucía dice que ser animadora de San Ramón la acercó a Dios. “El año que empecé fue muy fuerte para mí”, cuenta entre risas para contener la emoción. “El oratorio me sacó adelante con fe. Animar es super lindo, es un lugar que es como mi casa”. 

En invierno también han misionado. Lo hacen cuando logran coincidir y convocarse. Este año optaron por un encuentro-retiro que reunió el camino recorrido durante esta década y buscó reflejarlo en los niños, los animadores y el barrio. En una de las actividades armaron un cartel para los 20 años. “Va a llegar a los 45”, dice Julieta.

“El oratorio no tiene fin”, agrega Franco. “Tiene que pasar algo muy catastrófico para que se termine. Hoy tenemos una base muy sólida de animadores, de grupo y de barrio que hará que año a año siga existiendo. Es una sensación hermosa”.

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