Cuando el Vaticano le propuso al best-seller español Javier Cercas hacer un libro sobre el papa Francisco, a este intelectual ateo le sorprendió lo poco que el líder de la Iglesia Católica predicaba sobre los temas dogmáticos del credo cristiano. Tenía un discurso de moral universal que cualquier no creyente podría compartir. El escritor encontró respuestas en una entrevista con Nathalie Becquart, subsecretaria del Sínodo de los Obispos y una de las mujeres con mayor jerarquía durante el papado de Francisco. Ella le habló de la “postsecularización” de Occidente.
“En Europa la gente ya no va a la Iglesia, pero siente la necesidad de una búsqueda espiritual. Sobre todo los jóvenes, pero no pueden satisfacerla en la iglesia porque no quieren una iglesia institucional, sino relacional. Esto el Papa lo ha entendido. Puso en el centro de su forma de hacer y de ser la relación personal, la cultura del encuentro con los otros”. Con su particular tradición laicista, tampoco Uruguay es ajeno a esos signos de la época.
Una encuesta de Cifra en agosto ahondó en un hallazgo conocido: que en 30 años la cantidad de católicos cayó tanto como creció la proporción de personas que no profesan religión. Lo interesante es que el ateísmo o el agnosticismo es aún más pronunciado en los menores de 30 años. Cuatro de cada diez se consideran sin religión; casi el doble, por ejemplo, que los mayores de 60. Es un dato de la realidad que a nadie que trabaje en instituciones de la Iglesia toma por sorpresa.
Alejandro Bastos, encargado de Pastoral del colegio Salesiano de la Costa, no olvida las palabras de un cura amigo de Talleres Don Bosco hace ya 20 años atrás al observar la concurrencia a las celebraciones: “Cuando se muera toda esta generación, va a haber muy poca gente en la misa”.

Luis Eduardo González, obispo de Mercedes, lo ve con “claridad” en el público cautivo de la Comisión Nacional de Pastoral Juvenil que él preside: el promedio de edad de los jóvenes que atiende ese espacio pasó de los 24 años a los 17 a 18 años en una década. “Tenemos un desafío muy grande de acompañar a los adolescentes que pasan a la edad de jóvenes, de 18 a 30 años. Estamos convocando a adolescentes más que a jóvenes y ahí también se manifiesta con claridad la encuesta”.
El obispo identifica razones varias para este fenómeno, desde el “cambio cultural” en los vínculos con el otro, con Dios y con uno mismo, el rol de la familia y hasta las dinámicas de los jóvenes del interior que se van a la ciudad en busca de oportunidades. “Muchas veces significa un desarraigo de sus familias y grupos y no se sostienen en la fe. Ahí hay como un abandono de los espacios de la Iglesia. No quiere decir que haya un abandono de la fe, pero sí que cuesta integrarla con otros. Y una fe que no se comparte se debilita y puede desaparecer”, reflexiona.
Pero el panorama está lejos de ser desolador. Lo presencial y el encuentro “toma cada vez más relieve” desde el encierro de la pandemia, asegura el obispo, porque “importa el abrazo, el verse y vivir la fe sacramental”.
En esto hay coincidencias: hay señales de los nuevos tiempos convulsos que llenan de esperanza.
Lejos de las fronteras de las instituciones religiosas, los jóvenes uruguayos mantienen su búsqueda espiritual en un mundo convulso. La fe se desplaza de los ritos a los vínculos, de las certezas heredadas a las interrogantes personales. La Iglesia busca sintonizar con los signos de esta nueva época, sabedora de que no hay cambios profundos sin la participación de los jóvenes que los reclaman.
EL LUGAR DE LA FE
La primera misa de Mara Brauchok fue la de su bautismo, a los 25 años. Como alumna de escuela y liceo públicos, nunca tuvo formación religiosa. Solo la tradición popular de ir cada 3 de junio a San Cono en su Florida natal y una materia introductoria cuando entró a la Universidad Católica del Uruguay.
Tomó la decisión cuando una amiga le propuso ser la madrina de su hijo. “Lo hice como acto de amor. Ella me eligió por el cariño que me tiene, y pensé: ‘¿Qué puedo hacer para igualar este acto de amor enorme? Bueno, yo también me bautizo’”.
Hizo la catequesis con una compañera de trabajo y se bautizó hace pocas semanas con el P. Jorge Martínez sdb en el Maturana. No llegó al sacramento por un camino lineal disparado por el descubrimiento de la fe, pero no reniega de su espiritualidad. “Si bien nunca la llamé ‘fe religiosa’, siempre tuve fe. Mi forma de pensar iba más allá de lo que había”.
La fe se desplaza de los ritos a los vínculos, de las certezas heredadas a las interrogantes personales.
Ahora hasta valora que ambos caminos –el de su sentido de la trascendencia y el rito más institucional– se hayan “cruzado”, tal vez para ya no separarse. “Eso me parece maravilloso. Cuando lo ves de afuera, lo entendés, pero no lo terminás de compartir; siento que ahora estoy un poquito más cerca”.
El caso de Mara es ilustrativo para lo que el doctor en Filosofía, Miguel Pastorino, ve como interpretaciones erróneas a la hora de leer las encuestas. “No es cierto que haya menos religiosidad, lo que hay es menos adhesión a creencias institucionales. Eso es global. Lo que viene descendiendo es el catolicismo institucional, la gente que tomó la comunión, que fue a un colegio y se formó en eso. Tiene que ver con un cambio social, con una cultura mucho más secularizada”.
El P. Pablo Peralta decía que “en un abrazo de gol parece haber más comunión que en un saludo de la paz”. Así lo recuerda Pastorino para expresar que en este contexto “la comunión se expresa por vías profanas” y no solo en los ritos formales de los templos. “En Uruguay la gente camina por el ámbito de una religiosidad difusa. No la identificás en ninguna religión conocida, es la religiosidad a la carta, un ir tomando de aquí y de allá, un Buda, un sahumerio, Jesús, esto de ‘le rezo al universo’. La religiosidad que más pega en el mundo es la vivencia, una vía más terapéutica y no de contenidos o verdades a creer”.
Alejandro Bastos lo atestigua en su mano a mano con gurises de Talleres Don Bosco: “Por ejemplo, para traducir la experiencia de Dios padre y creador, me engancho con la experiencia del universo de generaciones de 20 años, o del Espíritu Santo con la experiencia de la energía. Tenés que ir traduciendo y en la esencia encontrás una base espiritual”.
También lo vive como encargado de pastoral de un colegio privado como el Salesiano, sabedor de que este tipo de educación no abarca a la mayoría. “En las parroquias casi no hay catequesis con las nuevas generaciones. Te cuestionás cómo va a ser la experiencia de fe en el futuro”, explica.
«No es cierto que haya menos religiosidad»
Bastos hace una autocrítica por la falta de “experiencias grupales” que trasciendan la currícula liceal. Recuerda: “Cuando yo estaba en 5.º de liceo, miraba a los que estaban en facultad y se juntaban todas la semanas. Hoy en día eso no se transmite porque no tenemos grupos fuertes donde vivenciar la fe y acompañar procesos de vida que sean tramos largos, haciendo síntesis de fe y de vida. Me parece un gran debe que tenemos y no le hemos encontrado la tecla”.
EL PRIMER ANUNCIO
Los tres años de posnoviciado en Córdoba hicieron más notorio para Santiago Di Siervi el contraste de Uruguay como un país en que se fue difuminando la tradición cristiana como base de cierta cultura general, en contraposición al acervo popular católico de países vecinos. Lo atestigua en su diálogo con jóvenes de Talleres Don Bosco o en el oratorio. “No noto que haya un rechazo o resistencia a la religiosidad, porque generacionalmente los jóvenes no recibimos el mensaje de que la religión es el opio de los pueblos”, sostiene este salesiano de 24 años.
“Más bien no recibimos un mensaje de qué es la religión. Detecto un vacío, pero comentamos con los educadores que hay una apertura al fenómeno religioso. En ese sentido la experiencia pastoral de fe es de primer anuncio”. Bastos ve la evidencia “de un cambio cultural” en las preparaciones para el bautismo en los grupos de Primaria. Ahora los ya bautizados son los menos, y “antes era al revés”.

“Lo que se rompió es una tradición de la religiosidad transmitida en la familia”. indica. Incluso para los padres jóvenes de los más chiquitos aparece como “nuevo” ese mundo religioso a acercar. “Por supuesto, no con el dogma y la verdad de que las sabemos todas, sino humildemente acompañando las situaciones humanas, como Jesús. Desde ahí se van acercando y con avidez, porque están buscando verdades. Lo institucional ya fue, queda a un costado”.
A QUÉ IGLESIA
El obispo González, desde la Pastoral Juvenil, es consciente de que muchos jóvenes “piensan que la institución debe cambiar en sus formas”, pero para eso considera clave “su participación”.
El joven salesiano Di Siervi sabe que “si hay gurises que se acercan al catolicismo por una apertura epocal, no es por una vuelta a las viejas tradiciones”. Pero también marca que ser parte implica “asumir a todos los miembros de la familia”, incluso a quienes menos se entiende.
A sus 24 años y ya consagrado a la vida religiosa, siente que “hay un germen” y le da “mucha esperanza de renovar la Iglesia desde adentro”.