El mensaje aparece escrito en el baño de un liceo, sin firma: “Mañana, tiroteo. No vengan. ¡Avisé!”. Solo eso. Pero no queda ahí. La frase vuelve a aparecer, una y otra vez, en más paredes. Los lugares cambian, el mecanismo se repite.
No hay un plan. Es un reto viral que cruzó desde Argentina y se extendió por la región. Al final no se registra ninguna tragedia. Sin embargo, el episodio deja una estela de miedo, reacciones y consecuencias. Frente a este panorama, la pregunta no es solamente qué pasó, sino qué lugar tiene la escuela para responder a estos fenómenos.
“Todo lo que sucede en la sociedad entra a la escuela y estas cuestiones impactan mucho porque la escuela es el espacio donde uno debería estar protegido, cuidado y acompañado”, explica Ana Isabel Varela, doctora en Educación por la Universidad de Sevilla en entrevista con el BS.
Varela plantea que el sistema educativo tiene que preguntarse cómo puede trabajar “a pesar de” y “con eso”, y cómo fortalecer a estudiantes y docentes. “La educación tiene un doble componente: formación y cuidado. Las dos cosas tienen que estar a la vez, van de la mano”. En ese sentido, advierte: “La educación ha perdido ese rol de foco social y se ha enfocado mucho más en ser eficiente y en lograr aprendizajes. Y está bien, tenemos que hacer eso. Pero también tenemos que entender que formamos personas para vivir con otros, para ser respetuosos, para trabajar a partir de las diferencias”.
Para Verónica Trías, consultora en liderazgo educativo, estos hechos deben analizarse como parte de un sistema y señala que no solo es responsabilidad de los adolescentes, sino que también interpelan a los mayores. “Los chicos son como un volcán de emociones y sus vías de escape son impredecibles. Creo que los grandes, a veces, le erramos en la forma en la que nos comunicamos con ellos, porque no estamos a la altura de poder empatizar y conectar con lo que viven y sienten”.
Trías considera que es posible construir seguridad sin caer en lógicas de vigilancia y que el diálogo es la llave para generar vínculos con los adolescentes. “El mensaje es más para los adultos —tanto padres como educadores— de cuánto conectamos con ellos, cuánto estamos dispuestos a conectar y cuál es la calidad de esa conexión”.
Pierino Rava, encargado del Sector Escolar de los Salesianos y director del Colegio Salesiano de la Costa, señala que es fundamental promover el espacio de escucha en las instituciones educativas. “Muchas veces nos paramos desde un lugar en el que tenemos que marcar, comunicar y transmitir, y dejamos de lado la escucha”, dice, y agrega que esta debe ser “atenta, sincera e interesada en el joven” para que el equipo de educadores pueda saber lo que le pasa y ayudarlo. “Eso generará un espacio de cuidado y seguro para que ellos se puedan desarrollar bien y puedan desplegarse”.
Rava destaca la necesidad de dar un lugar activo a los adolescentes en la vida del centro educativo. “El involucramiento y la participación hacen que se apropien, que hagan suyo su espacio y que, por lo tanto, lo cuiden, lo defiendan y tengan ganas de estar”. Según el educador, esto puede marcar otras tendencias y promover otras voces.

El rol de las familias
Ante las amenazas de tiroteos en varios liceos del país, el jefe de Policía, José Azambuya, dijo en conferencia de prensa que era importante que los padres se involucren y participen para colaborar con la investigación. Los consultados para este informe están de acuerdo.
“Lo ideal sería que las familias acompañaran este proceso”, señala Varela. “Pero sabemos que hoy los padres no siempre valoran el rol de la educación y no están en sintonía con la escuela. La propia escuela tiene que ver qué hace para que se la vuelva a valorar y que impacte de verdad en la vida social”.
Por su parte, Rava expresa que la familia debe ser parte de la comunidad y del proyecto educativo. “Si los padres están por fuera, no va a funcionar de la misma manera. Hay cosas que los educadores no podemos ver y las familias nos complementan la mirada y la lectura desde afuera. El vínculo que hay que construir tiene que ser afectivo, no solo comercial”.
A partir de esto, propone generar experiencias para padres que los involucren en la vida institucional y los acerquen, al igual que a sus hijos. No solo en actividades puntuales, sino en instancias grupales —como el deporte o las comunidades de fe— donde puedan construir un sentido de pertenencia.
Prevenir y no reprimir
Hasta fines de abril, al menos seis adolescentes de entre 14 y 15 años fueron imputados por las falsas amenazas de tiroteos mediante procesos abreviados. Las disposiciones judiciales incluyen principalmente libertad asistida bajo el Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa).
“Me parte el alma”, dice Trías sobre estas medidas. “Antes de que intervenga la Justicia, me haría 75 preguntas para entender qué pasó con los adultos responsables de la institución y cuánto se tuvieron en cuenta las vivencias de esos chicos”. La consultora en liderazgo educativo señala que es importante contar con un plan de acción, pero que este debe abordarse desde la prevención y no desde la represión.
“Lo que pasa es que venimos corriendo de atrás”, complementa Varela. “Las cosas suceden primero y después actuamos. En general no se prevé que sucedan estas cosas. Entonces, actuar sobre la emergencia implica falta de reflexión. Normalmente, las respuestas son mejores cuanto más pensadas y meditadas están. Nos falta bajar un poco los decibeles y pensar cómo actuar”.

Educar en clave de confianza
Don Bosco desarrolló su propuesta educativa y evangelizadora en un contexto signado por la violencia y la vulnerabilidad. Para el trabajo con los jóvenes, entendió la construcción de vínculos de confianza como base de cualquier proceso educativo, al que llamó Sistema Preventivo.
“Nuestros colegios tienen que ser lugares de cuidado porque están basados en el amor. Esa es la clave en la que están construidos todos nuestros centros educativos y la que también nos marca hacia dónde debemos movernos”, dice Rava.
En tanto, Trías considera que la confianza y la convivencia en un contexto complejo se construyen con la presencia de adultos en la institución, desde el portero hasta el director. “Esto hace que el alumno entre a un lugar seguro”. Al mismo tiempo, advierte que tendría que haber más adultos con disponibilidad emocional para dialogar con los estudiantes. Por ejemplo, un adscripto que charle unos minutos con un alumno para saber cómo está.
“Nadie dijo que educar sea fácil”, reflexiona Varela. “Estamos en un momento de desafío. La escuela tiene que bregar por formar personas que luego salen al mundo y pueden mejorar la sociedad. Renunciar a ese rol es uno de los grandes errores que podemos cometer”, insiste.
Los mensajes pueden desaparecer de las paredes, pero lo que dejan instalado no se borra con la misma facilidad.