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¿Somos magníficos?

"Magnifica Humanitas", una invitación de León XIV a volver a lo esencial del ser humano
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Una vez, una de mis profesoras de Filosofía dijo en clase: “Dime cómo piensas y te diré cómo moverás el dedo gordo del pie”. Esa frase la he recordado muchas veces porque expresa una verdad profunda: las ideas, sean cuales sean, terminan moldeando nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestro modo de vivir.

Algo de esto plantea el Papa León XIV en Magnifica Humanitas. La primera encíclica del pontífice, publicada a fines de mayo, pone sobre aviso que lo que pensamos, experimentamos y sentimos sobre el ser humano está teniendo consecuencias concretas en nuestra vida diaria. 

EL PROBLEMA NO ES LA TECNOLOGÍA

En el documento se presentan dos corrientes antropológicas: el “transhumanismo” y el “posthumanismo”. Ambas, con diferencias entre ellas, parten básicamente de la premisa de “la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana” (n. 116). Esto parece algo bueno, en lo que a priori todos podríamos estar de acuerdo, pero aquí está el principal llamado de atención que hace el Papa: eso que parece bueno, en el fondo, tiene una comprensión pobre y reduccionista del ser humano.

León es claro. El problema no es la tecnología, sino la noción que tenemos del ser humano. Si aceptamos que debemos ser continuamente “perfeccionados”, entonces “se vuelve más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos” (n. 117). 

Mirar a las personas con la concepción de que deben ser superadas y llevadas más allá es lo que pone en riesgo a la propia humanidad.

Estas corrientes antropológicas, que el Papa presenta como riesgosas, miran la vulnerabilidad, el sufrimiento y el dolor como “inhumanos” y, por tanto, como algo que debe ser rechazado, eliminado y olvidado. Ante esto, León no propone una antropología pesimista, o peor, la resignación ante el dolor. Tampoco se propone espiritualizarlo. Se trata de que, al mirar al ser humano, nos encontramos con la complejidad en la que encontramos alegría y tristeza, dolor y disfrute, esfuerzo y contemplación. Es en esa incertidumbre entre límite y posibilidad donde la vida humana se despliega y desarrolla. 

El problema no es la tecnología, sino la noción que tenemos del ser humano.

Es en estos vaivenes donde aprendemos que necesitamos de los demás, donde aprendemos a compartir nuestra fragilidad, donde aprendemos a practicar la empatía y la compasión. Porque cuando la fragilidad y el dolor aparecen, como afirma el Papa, “la sensatez humana enseña a no negarlo ni eliminarlo, sino a integrarlo”. Para eliminarlo totalmente sería necesario, a fin de cuentas, “apagar también el amor y el deseo” (n. 120).

LA MARAVILLOSA COTIDIANIDAD

Podemos observar esta manera de mirar nuestra existencia en nuestra vida diaria. Basta mirar algunas tendencias de nuestra cultura para advertir cómo la negación de la fragilidad está muy presente.

Tenemos aversión al esfuerzo. Queremos resultados inmediatos, pero desconfiamos de los procesos. Buscamos alcanzar metas sin recorrer caminos. Los modelos de vida que admiramos parecen ser aquellos en los que nadie trabaja, nadie se esfuerza y todo sale bien. Eliminamos esa dimensión que implica vivir y dejamos de ver el esfuerzo como un lugar de reconocimiento, desarrollo personal y posibilidad de hacer el bien en el mundo donde estamos. 

La muerte, por otra parte, la hemos recluido al anonimato. Dejamos que muchos pasen los últimos momentos de su vida solos, en una cama de hospital sin la compañía de quienes los aman, porque no sabemos bancarnos ahí al lado, en eso tan humano, doloroso y desconcertante que es la muerte. Nos incomoda y nos pone de frente a la realidad de la que nadie va a escapar y, muchas veces, la salida es huir.

Tenemos, también, la necesidad de nuevas experiencias que nos saquen de la densidad de lo cotidiano: levantarse, ir a trabajar, estudiar, andar en ómnibus, caminar, cocinar. Buscamos experiencias que nos saquen de lo aburrido y artesanal de la vida diaria. Llenamos cada espacio vacío con pantallas, música o estímulos constantes porque el silencio suele obligarnos a encontrarnos con nosotros mismos, con los demás y con la fragilidad que nos atraviesa a todos.

A su vez, la libertad parece estar reducida a un simple “hacé lo que quieras”. Y sobre aquello que la pueda limitar establecemos normas para sobrepasarla. Ni siquiera aceptamos los límites propios de vivir con otros, en sociedad.

VOLVER A LO ESENCIAL

Es tiempo, y el Papa nos llama a eso, de volver a lo esencial: aquello que nos hace humanos. Es tiempo de redescubrir la densidad del día a día y allí encontrarnos con nuestra propia humanidad. Para hacer esto no es necesario un viaje a lugares nuevos porque el lugar más nuevo y lleno de experiencias inéditas, al que todos podemos ir cada vez que queramos, es nuestro propio corazón. ¡Y es gratis!

Las preguntas a hacernos sabemos dónde buscarlas: en Jesús. En Él encontramos esos cuestionamientos incómodos y necesarios para nuestra vida:

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? (Mc, 8, 37)

¿Quién se hizo prójimo del que cayó en manos de ladrones? (Lc 10, 36)

¿Me amas? (Jn 21, 16)

¿Por qué están con tanto miedo? (Mc 4, 40)

¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? (Lc, 6, 39)

Tan magnífica es la humanidad que Dios no quiso salvarla desde lejos, sino que quiso asumirla. Entró en ella con toda su fragilidad, sus preguntas, sus límites y sus dolores.

En Cristo se nos revela que lo verdaderamente humano no es eliminar el límite, sino aprender a vivirlo, integrarlo y transformarlo. 

El Resucitado tiene las llagas de la Cruz. No las eliminó, sino que las integró al Misterio de nuestra salvación. Renovemos nuestra mirada para que, llenos de realismo y esperanza, nos volvamos a asombrar frente a nuestra simple, cotidiana y magnífica humanidad.

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