En primera persona

Messi y una última lección

El éxito y el fracaso a la luz de la despedida del ídolo argentino
Reuters
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España es el campeón del mundo. Rodri levanta el trofeo máximo, ese con el que cualquier futbolista sueña desde chico, pero la imagen de la marea roja teñida de confeti dorado no alcanza para escribir toda la historia.

Argentina acaba de perder la final del mundo y en Buenos Aires se hace un silencio. Dura algunos segundos hasta que, en un instante, invade el aplauso. A miles de kilómetros, Lionel Messi solloza desconsolado mientras un país entero, contenido en una tribuna, le grita “gracias”. Es extraño. Al menos curioso.

El último partido importante del astro argentino con la camiseta de su país termina revelando el límite que tiene el propio resultado. 

La derrota habla un idioma y el agradecimiento de su pueblo, otro. 

Tenemos una extraña costumbre de concederle al resultado el derecho de reescribir todo el camino. Un partido, un examen, un vínculo, un fracaso, una decisión. Como si el último capítulo pudiera apropiarse de todos los demás. Por eso hay algo profundamente humano en lo que pasó con Messi.

Durante años pareció que el próximo partido terminaría de explicar al ídolo. Siempre faltaba uno. El siguiente. El decisivo. El que pondría las cosas en su lugar. El que confirmaría, para unos, que era el mejor de todos. El que demostraría, para otros, que todavía le faltaba algo.

“Yo sí me acuerdo de los segundos, porque cuesta un montón llegar hasta acá”, dijo Lionel Scaloni en una declaración emotiva que, en otro contexto, habría tenido un tinte de elegante resignación. Pero parece más que eso.

Y es que hoy en los argentinos parece convivir la gratitud con el dolor. La tristeza con la alegría. El reconocimiento con la frustración.

El resultado, justo e implacable, no es suficiente para arrojar a los márgenes todo lo demás. 

Messi lo había vaticinado unas horas antes de la gran final: “lo más lindo de estos años nunca fueron solamente los títulos, sino todo el camino”. Fue la narración de lo impensado. Un homenaje involuntario a aquella vieja convicción de que el camino también puede ser la recompensa. 

El héroe de todos los héroes, el ídolo que se hizo ídolo por salir campeón, sentenció que había algo que trascendía el resultado. “Pase lo que pase este grupo ya escribió una historia que nunca vamos a olvidar”. Messi gambeteó hasta lo que la propia final podría decir de él y su selección. Como si España no importara. Como si las críticas que le habían llovido años atrás, tampoco. Pero claro que importaban. 

La historia recordará al 2026 como el Mundial que le dio la primera copa a Lamine Yamal. La segunda a España. Es justo que así sea. Pero la derrota de los argentinos llegó demasiado tarde para torcer la historia de su leyenda llamada Messi.

En un mundo acostumbrado a la inquisición del éxito y el fracaso, del triunfo y la derrota, lo que pasó en New Jersey revela que ni el mismísimo fútbol puede decir que un resultado es absoluto. Aunque parezca. Aunque, por momentos, lo sea.

Los aplausos al ídolo argentino muestran que otra mirada es posible. Sobre Messi, sí. Sobre nuestros éxitos y fracasos, también. Porque, lejos de desconocer las derrotas o evitar el dolor, esta final del mundo parece empecinarse en señalar que el fracaso no es capaz de eliminar lo construido. 

Que el éxito puede coronar un camino, pero nunca explicarlo del todo.

Messi sigue siendo Messi. Vos seguís siendo vos. 

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