El fútbol es parte del ADN de Uruguay. Miles de niños persiguen el sueño de vestir la Celeste, “debutar en primera” o “salvarse económicamente”, pero la mayoría queda por el camino. ¿Qué los mueve a una aspiración tan improbable? ¿Cómo manejan la frustración?
Uruguay es el semillero más fértil del fútbol mundial. Por cada 100 mil uruguayos, hay 11 profesionales celestes pisando la cancha en el exterior. El 10 % del país se moviliza cada fin de semana en torno a las ligas oficiales del fútbol infantil y más de un millón de personas pusieron Canal 5 para sufrir un empate impensado contra Cabo Verde.
“Que sepan los jugadores de la Selección que van como privilegiados, y que lo devuelvan con ganas y orgullo”, decía hace 20 años el maestro Óscar Washington Tabárez, el mismo que, luego, en su último Mundial al frente de la Celeste, no perdía noción de que todas las escuelas y universidades del país pararían las clases a la hora de los partidos.
Años antes de que el Loco Abreu picara el penal contra Ghana o de que Uruguay levantara en Buenos Aires su decimoquinta Copa América, el Maestro enseñaba a sus jugadores a tomar conciencia del “gran porcentaje” de rostros desconocidos entre las fotos de las selecciones juveniles. “Debemos atender a los dos”, predicaba. A los que triunfaron en la cancha y a los que no. Por aquella “injusticia”, como canta “El Alemán”, de que “llega uno y por el camino quedan mil”.
72 mil niños y adolescentes juegan cada fin de semana en las ligas de la Organización Nacional del Fútbol Infantil (ONFI), pero solo 11 –y a lo sumo algunos suplentes– concentrarán la mirada de millones en el Mundial. Unos pocos más –379, de acuerdo al Observatorio de Fútbol CIES–, lograron fichajes en el exterior y algunos cientos en la primera división local.
“Ser jugador de fútbol en este país es algo muy deseado por el niño. Llegan pocos. Ahora, nadie sabe quiénes son los que van a llegar”, dice Fabián Coito, profesor de Educación Física y, durante años, director técnico de destacada trayectoria en las juveniles sub-17 y sub-20 de la Selección Uruguaya.
Diego Martínez, psicólogo deportivo, lo estudió para uno de sus trabajos académicos: el fútbol “da más identidad cultural que otros símbolos patrios; nos identificamos más con las proezas futbolísticas que con Artigas”. A eso se suma, a su entender, la condición del baby fútbol como “el deporte más democrático al que acceden todos”, con dos clubes distintos en poquitas manzanas.
EL “MITO” QUE CORRE CON LA PELOTA
Los chicos y las chicas persiguen un mito que “cada diez años se reedita”, apunta el psicólogo, que trabajó durante 16 años en la Escuela de Deportes de Tacurú. De esa cantera llegaron a la élite los hermanos Lozano y ahora pisa fuerte Jonathan “Papote” Izasmendi, el 10 de Cerrito que padecieron cuando era más chico. “¿Cómo le decís que no al mito en la Escuela de Deportes cuando en realidad ya hay tres chicos que sí?”, se pregunta Martínez. Pasa a ser “una dimensión espiritual, una cuestión de fe”.

El psicólogo ve el caso de Papote Izasmendi como aun más paradigmático. “Es muy del barrio; un modelo de renombre, pero que va en contra de todo, porque no hizo juveniles y la está rompiendo”, reconoce. Por eso es consciente de que “es difícil ir contra algo donde también está anclada la esperanza de salir del lugar en el que estoy”.
Ahí, en la cima de las aspiraciones, aparece la gloria absoluta de los cracks y su éxito económico. Hoy está latente el ejemplo de Federico Valverde, un joven mediocampista de La Unión que triunfa en Europa y tiene un valor de mercado que casi duplica al de todo el plantel de Cabo Verde.
“Tienen primero el deseo de llegar a lo que sueñan, y después lograr algo que les va a dar un bienestar y una posibilidad que puede ser mucho mejor que la de cualquier otro trabajo”, sostiene Coito. El psicólogo Martínez añade que hay un “fenómeno masivo” que alimenta ese ideal, un gran negocio en torno al fútbol desde los medios de comunicación hasta los representantes que ya están presentes desde el fútbol infantil. Surge, en esos casos, “el mito constante de la salvación económica”. La paradoja es que, en la mayoría de los casos, el mito no dejará de ser eso: un mito, a lo sumo una ilusión.
“Es difícil ir contra algo donde también está anclada la esperanza de salir del lugar en el que estoy”.
Pero el deporte en formación habrá dejado también el desarrollo físico y psíquico de quien soñó, incluso del que no llegó, señalan los expertos. La socialización, la autonomía, la autoestima y la capacidad de crecer en la derrota serán un premio igual de trascendente e importante.
APRENDER DE LA FRUSTRACIÓN
Mientras dirigió a los juveniles celestes, Coito sabía de la alta probabilidad de que sus muchachos se enfrentaran a la frustración. A ellos les deja el mensaje de que deben “mentalizarse” en los partidos y saber que “pueden no ganarlo”. “Hay que irlos preparando para que eso puede suceder. Vamos a entrenar y prepararnos para que no, pero puede suceder y si sucede hay que asimilarlo, capitalizarlo y comenzar a preparar lo siguiente”.
De su tiempo en la Escuela de Deportes de Tacurú, Diego Martínez recuerda como una “acción revolucionaria” cuando, en un año dorado en la liga de AUFI, decidieron renunciar al ascenso a la Divisional A. “Creíamos que los exponíamos a una divisional que está únicamente vinculada a ganar y entendíamos que nuestro trabajo se vinculaba mucho mejor en la Divisional B. Ahí podíamos salir campeones, pero no ahogarnos en el resultado, sino que niños y educadores explotemos nuestras capacidades. Fue de las cosas más gratificantes que viví en un proceso de esos”.

No todos estuvieron de acuerdo con aquella decisión. “El sueño es más promocionado por los adultos. A los que hay que bajar a tierra es a ellos, no a los niños”, opina el psicólogo. Coito también observa estas dificultades en el bagaje que el joven trae de su casa, en especial cuando los resultados no son los que quisieran.
El entrenador alerta sobre esa idea extendida de estar “cuidando” o “defendiendo” al joven cuando ocurre un incidente en un partido. “Insultar al técnico porque no lo pone a tu hijo no es defenderlo”.
Más aún con la tentación de dejar los estudios a ese nivel, cuando el adolescentes se aleja de donde debería “estar naturalmente” alguien de su edad y se “saltea las cosas que tiene que vivir como joven”, advierte Coito. “Antes del fútbol era diferente. Ni mejor, ni peor. La televisión no existía, las redes y los representantes tampoco. Era todo mucho más pasional, algo que ibas haciendo porque te gustaba de niño y hasta que un día te encontrabas medio cerca de primera. Resulta que ahora ya a los 14 años están mirando a ver cuándo van a llegar eso. ¡Pará! Si no caminaste todavía…”.