En primera persona

El color de cada tiempo

Madre Mazzarello y el desafío de seguir dando vida al carisma salesiano

En agosto hemos recordado importantes aniversarios y quisiera detenerme con el corazón en Mornese, donde el 5 de agosto de 1872, Don Bosco fundó el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora.

Comienzo recordando una frase muy bella y significativa de nuestro fundador, que solemos mencionar en las fiestas y en nuestros encuentros salesianos, y que en 1875 le dijo al salesiano don Barberis: «Tú completarás el trabajo que estoy comenzando; yo haré los bocetos, tú pondrás los colores. Haré un modelo aproximado de la congregación y dejaré a los que vengan después la tarea de embellecerla».

Don Bosco, como buen campesino piamontés, era consciente de haber recibido un carisma precioso, pero también estaba convencido de que no llegaría a agotar todas sus potencialidades. Es como si hubiera dicho «Yo he hecho el boceto del carisma, pero quienes lo concretarán, quienes le darán piernas, brazos, palabra, corazón y mente, serán ustedes».

Años antes, precisamente en 1864, Don Bosco había llegado a Mornese, un pequeño pueblo del Monferrato, para una de las famosas excursiones otoñales con sus muchachos. Los habitantes de Mornese habían hecho todo lo posible, con gran alegría, para recibirlo a él y a sus jóvenes. También María Mazzarello y las Hijas de la Inmaculada, un grupo comprometido con la caridad y la oración, habían contribuido mucho para atender todas las necesidades de la ocasión.

Don Bosco ya era conocido. Solo con su nombre evocaba las grandes cosas que estaba haciendo en Turín por los jóvenes más pobres. 

Al conocerlo y escucharlo, María Mazzarello quedó fascinada. Impresionada por las palabras de Don Bosco, su serenidad y santidad, salió de allí con aquella expresión estupenda que la pondría inmediatamente en plena sintonía con él: «¡Don Bosco es un santo, es un santo y yo lo siento!».

Pero tampoco él permanecería indiferente al conocer el bien que aquellas muchachas realizaban en el pueblo. Una pregunta se hacía cada vez más presente en su corazón y en su mente: «¿Por qué no hacer por las muchachas lo que se está haciendo por los jóvenes?».

Don Bosco quería estar seguro de que fuera voluntad de Dios y observaba con interés a aquel grupo de muchachas que se movía con autonomía. Observaba a María Dominga, atenta a todo, solícita y activa. Ella había escapado milagrosamente de la muerte después de contraer tifus mientras asistía a sus familiares. 

Más tarde, en 1860, María Dominga tuvo una visión particular al pasar por el camino de Borgoalto, el punto más alto de Mornese: un edificio blanco y un patio donde muchachas y religiosas jugaban sonrientes. A la visión se unía una voz: «A ti te las confío». Dios respondía así a la oración que la muchacha había hecho precisamente en uno de los momentos más difíciles de su vida: «Señor, si me das todavía un poco de vida, haz que sea olvidada por todos menos por ti».

Don Bosco quería estar seguro de que fuera voluntad de Dios y observaba con interés a aquel grupo de muchachas que se movía con autonomía.

No sería olvidada, sino instrumento de su misericordia y bondad para tantas jóvenes y muchachas del mundo.

Don Bosco comprendía y sentía que el Espíritu Santo ya había preparado el material humano necesario para la nueva Familia religiosa. Aunque él tenía 49 años y María Mazzarello, 27, eran muy semejantes y ya compartían un carisma.

María Dominga era una sencilla muchacha de campo que había hecho el voto de castidad en manos de don Pestarino, su guía espiritual. Por eso la atención de Don Bosco hacia María Dominga tenía una motivación: ella también había hecho la elección radical de Dios.

Era una joven inteligente, capaz, vivaz. Don Cagliero decía que tenía un carácter amable, alegre y bromista; aunque también fogoso y fuerte, casi como el de Don Bosco.

Lo que sucedió después lo conocemos por la historia.

Madre Mazzarello supo acoger y vivir con extraordinaria sencillez el nacimiento y el desarrollo de un carisma educativo femenino: con dulzura, paciencia y amabilidad, hasta el punto de que el propio Don Bosco le dijo a don Cagliero que estuviera tranquilo, porque Madre Mazzarello era salesiana «ante litteram».

Hoy, junto con Don Bosco y Madre Mazzarello, también todos nosotros, miembros de la Familia Salesiana, estamos llamados a poner nuestro propio color en la realización del carisma que el Señor continúa confiándonos para el presente y el futuro de las nuevas generaciones.

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