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El campo como origen, el futuro como horizonte

Jóvenes rurales estudian y aprenden oficios mientras proyectan qué hacer cuando terminen ciclo básico
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Lázaro Pereira (12) quita los yuyos que crecieron entre los canteros donde está plantada la cebolla. Rodrigo Ruiz Díaz (14) pasa el trapo al piso de uno de los salones. Pedro Martín Arzuga (17) está en la cocina y ultima los detalles de la muestra de productos artesanales que presentarán dentro de dos días en una feria de Empresas Juveniles.

Es una tarde soleada y cada uno tiene una tarea por delante en el Instituto Benigno Paiva Irisarri, en Sarandí del Yí, departamento de Durazno.

Los 30 jóvenes que viven allí están divididos en cuatro grupos que rotan por las distintas áreas formativas: servicios y mantenimiento, campo, carpintería, quinta y elaboración de productos caseros, pero esos espacios formativos son apenas una parte de la propuesta. 

Para los jóvenes que llegan al Instituto Paiva desde distintos puntos del interior rural, estudiar implica primero resolver una dificultad más básica: cómo hacerlo cuando las distancias y la falta de propuestas educativas complican la continuidad.

ESTAR LEJOS DE CASA

Antes de llegar al Paiva, Lázaro vivía con sus padres y su hermano menor en la zona rural de Paso Hondo, a 50 kilómetros de San Gregorio, departamento de Tacuarembó. Allí fue a una escuela rural y, cuando regresaba de clase, pasaba horas andando a caballo junto a su padre, que ahora trabaja como casero en una estancia. 

Lázaro conoció el Paiva el año pasado, durante la Patria Gaucha, donde la obra tenía un stand. “Empecé a mirar y busqué en internet. Me gustó porque era de campo, y le pregunté a papá si podía venir”. Su madre conocía a alguien que había pasado por la institución y le pidió referencias. Después de averiguar, llegó en marzo de este año.

“Feliz”, dice cuando recuerda aquel primer día. “Nadie se conocía, pero al rato andábamos jugando todos juntos”.

MÁS QUE UNA PROPUESTA EDUCATIVA

“La idea es que las áreas formativas no sean solo [para] que los chiquilines trabajen, sino que exista un proceso de aprendizaje y un entendimiento de lo que hacen”, dice Luisa Fernández. 

Tiene 30 años y desde febrero es la coordinadora educativa del Paiva. Es un rol nuevo dentro de la obra y ella es la primera en ocuparlo. Cuando asumió, le explicaron que esta es “una propuesta educativa en sí misma” y que era necesario fortalecer esa dimensión con una mirada más pedagógica.

“Yo trato de evitar la palabra madre, sino más bien hermana mayor”, cuenta entre risas. Su tarea incluye acompañar a los jóvenes, estar en contacto con sus familias y mantener comunicación con los docentes y adscriptos del liceo y la UTU a los que asisten. Además, se encarga de retirar boletines o de ir a buscar a alguno cuando se siente mal. 

EL CAMPO COMO FORMA DE VIDA 

Pedro viajaba 24 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta para ir a la escuela. Es oriundo de Sarandí del Yí y vivía en el campo, a 68 kilómetros de la ciudad. Todos los días se trasladaba hasta la zona de Tala de Castro, en el departamento de Florida. “Éramos pocos gurises porque era una zona rural”, cuenta. “Íbamos de las estancias que estábamos cerca”. 

Llegó al Paiva en 2021, en plena pandemia, lo que hizo que su ingreso se demorara unos meses más de lo previsto. Cuando se le pregunta cómo fue su primer día, esboza una sonrisa: “Sabíamos que íbamos a empezar una nueva etapa, un cambio, una nueva manera de aprender y de estar un poco más lejos de nuestras familias. Si bien ellos están presentes cuando las precisamos, pasar a verlos una vez cada un tiempo fue una forma de independizarme y asumir más responsabilidades”.

En su paso por el Paiva, descubrió en la carpintería una actividad que hasta entonces desconocía. “Nunca había construido cosas ni realizado trabajos específicos con madera. En casa nunca fui de crear cosas”.

Rodrigo está acostumbrado a la tranquilidad. Nació en Durazno, pero se crio en San Jorge, al norte del departamento. “Es un pueblito chico, que tendrá 400 personas como mucho”, relata. “Pero es muy divertido, por ejemplo, para los más chicos: nos juntamos con otros gurises y se arma un buen fútbol. Todos nos conocemos”. 

Cuando estaba en cuarto de escuela, su familia decidió mudarse a la campaña, a 70 kilómetros de San Jorge. Desde entonces, su rutina cambió: se levantaba a las 8, dos horas después iba a la escuela y regresaba a las 15. Su padre, que es capataz, lo esperaba cada día con el caballo ensillado para salir al campo. “Él me enseñó sobre los animales: qué se recomienda hacer para que estén sanos, cómo trabajar con ellos y respetarlos”.

En 2025 llegó al Paiva. Allí ya lo esperaba su hermano Esteban, cuatro años mayor, y también se encontró con un amigo con el que jugaba al fútbol. “El campo es donde me gusta estar”, dice Rodrigo. “Salir al campo, dar comida a los chanchos, a las vacas, salir en tractor. Ya estoy acostumbrado a trabajar así. Lo que me toque hacer, lo hago”.

ADAPTARSE A LOS NUEVOS TIEMPOS

A los 71 años, el padre Andrés Boone regresó al Paiva para asumir la dirección. Ya había trabajado allí como encargado pastoral hace 30 años. “Cambió mucho, desde la construcción hasta la forma de trabajar. No hay comparación. Los gurises también son totalmente distintos a los de aquella época”.

Pero otro de los cambios está fuera de la obra: el medio rural en Uruguay se despobló. “En las estancias vive poca gente o no vive nadie”, dice el padre Boone. Y tiene razón. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 1996 el 9,2 % de la población del país vivía en el medio rural. En el censo 2023, la cifra descendió al 4 %.

Ante este panorama, el salesiano dice que «el Paiva se adaptó a la época que se vive”. “No se puede seguir con la misma infraestructura ni con lo que se hacía antes”.

Hoy, 30 adolescentes de entre 12 y 17 años conviven en la obra. La mayoría proviene de Durazno y Florida; otros llegan desde Flores, Lavalleja y Tacuarembó. “De los otros departamentos es más difícil llegar”, explica Fernández. “El sistema de transporte interdepartamental por eje de rutas funciona y tiene mucha frecuencia, pero la ruta 6 tiene poca frecuencia de ómnibus y hay una sola empresa que la recorre de punta a punta”, agrega.

EL DESAFÍO DE PROYECTARSE

¿Qué sucede una vez que terminan? Aunque la directiva no tiene una medición precisa sobre el destino de cada generación, estima que egresan ocho o nueve jóvenes en promedio por año. “Como no hay una relación del egreso con resultados académicos, no es condicionante”, señala Fernández.

La mayoría opta por continuar en la escuela agraria en Trinidad, Florida o San Ramón. Son pocos los que se instalan en Montevideo para estudiar en Talleres Don Bosco. “Los que siguen bachillerato son aquellos que tienen vocación para estudiar”, dice Boone. “Antes el gurí terminaba el ciclo básico y era un buen peón. El Paiva no es solo [para formarse en] ciclo básico, sino para que tengan buenos hábitos de trabajo. Hoy la imagen del peón rural se ha diversificado y tecnificado. Con la mecanización hay cada vez menos gente, o más especializados que se necesitan. Y cuando querés especializarte en algo, por lo menos precisás ciclo básico”. 

Con los más grandes se realiza un trabajo de orientación vocacional para mostrarles la oferta educativa. La idea, en un futuro cercano, es llevarlos a visitar una universidad para “que tengan la posibilidad de proyectarse más allá de lo que conocen”, explica Fernández. “En el campo, el horizonte es muy lejano y muy grande, pero, en realidad, si lo pensás metafóricamente, es muy cortito”. 

Otro de los planes de la obra es fortalecer el seguimiento que hace el equipo técnico cuando egresan. “Hoy es algo muy escueto, muy chiquito y puntual”, dice la coordinadora educativa. “Pero entendemos que los gurises salen y andan medio sueltos por la vida. Necesitan un apoyo, y sus familias también”. 

Lázaro tiene pensado estudiar Veterinaria en Salto. “Vivir en la ciudad no me gusta. Me gusta ir y estar durante el día, pero para vivir no”.

“En el campo, el horizonte es muy lejano y muy grande, pero, en realidad, si lo pensás metafóricamente, es muy cortito”. 

Rodrigo está entre ser administrador de campo o dedicarse a la herrería. Si elige la segunda opción, lo haría en Talleres Don Bosco. Cuando termine sus estudios, quiere regresar a su casa: “Mi sueño es estar en el campo”.

Pedro, en tanto, quiere instalarse en Montevideo para estudiar en la Facultad de Ciencias Sociales y convertirse en trabajador o educador social. También tiene en mente estudiar Psicología. Esa vocación apareció durante su estadía en el Paiva: “Surgió de las ganas de ayudar a otras personas. En el campo muchas veces no se tiene la oportunidad de conocer cosas que sí conocen los de la ciudad. La ciudad tiene muchas más oportunidades que el campo”, reflexiona.

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