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Acompañar tiene aura

Las “batallas de aura” y la mirada adulta sobre el mundo juvenil
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Dos gurises frente a frente. Una pose, una mirada, una caminata. Alrededor, un grupo que observa, ríe y aplaude. Alguien gana y alguien pierde. El público elige y el premio se mide en “aura”.

La curiosa escena es, en realidad, una batalla: las “batallas” para “farmear aura”, una nueva iniciativa viral que ha traspasado las pantallas y ya ha tenido sus primeras convocatorias públicas en Uruguay, lo que ha despertado comentarios en redes y diversos enfoques en los medios de comunicación.

La expresión es hija del lenguaje de los videojuegos y de las redes sociales. “Farmear” significa acumular experiencia y recursos, mientras el “aura” funciona como una medida imaginaria del carisma, el estilo o la presencia. 

De mirar el fenómeno desde afuera ya se dijo bastante. Pero hay otra parte de la historia que nos toca más de cerca a quienes acompañamos a los jóvenes en nuestras escuelas, obras sociales o parroquias: ¿qué hacemos los adultos con lo que los gurises hacen? ¿Cómo reaccionamos ante la realidad juvenil?

Porque frente a algo así, lo primero que nos sale casi siempre es opinar. A veces en joda, con un comentario liviano sobre «¡cómo son los gurises de ahora!». A veces con alarma, pidiendo que alguien haga algo al respecto. A veces con buena voluntad, tratando de dar respuestas para que la realidad preocupe menos.

Distintos tonos con el mismo movimiento de mirar el mundo juvenil y, casi enseguida, sacar una conclusión sobre él.

Prestar atención a una batalla de aura, a un término nuevo o a cualquier tendencia pasajera no es evaluar si eso tiene valor en sí mismo, sino reconocer que le importa a alguien que sí nos importa a nosotros: nuestros gurises.

Ese reconocimiento, y no un veredicto sobre la moda de turno, es lo que hace la diferencia. Cuesta, porque interesarse sin sacar ninguna conclusión se parece a no tener nada para decir. Pero ahí, exactamente ahí, empieza la posibilidad del acompañamiento. La posibilidad de caminar realmente “junto a ellos”, como nos invita el corazón cercano de Don Bosco.

Tomarse en serio su mundo no significa aprobar todo lo que hacen. Claro que se los puede corregir, se les puede poner un límite y decirle que algo no está bien. Pero es difícil creer que los gurises escucharán con atención a alguien que los subestima o no los toma en serio.

Ese reconocimiento, y no un veredicto sobre la moda de turno, es lo que hace la diferencia. Cuesta, porque interesarse sin sacar ninguna conclusión se parece a no tener nada para decir.

La cercanía es una disposición que construimos cotidianamente: en el rato después del grupo, en la charla al pasar en el patio, en el estar disponible incluso cuando lo que un gurí trae parece, a primera vista, una pavada. 

Esta nueva tendencia pasará pronto. Después vendrá otra. Los jóvenes seguirán inventando sus propios códigos y nosotros seguiremos encontrándonos frente a cosas que no entendemos del todo. Pero tendremos,  también, cada vez nuevas posibilidades para acompañarlos.

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