“Perdí la fe, ya no siento lo mismo de cuando me confirmé”. O “no voy a misa ni rezo porque no lo siento”. Son frases que, si acompañás jóvenes, te son familiares. Cuando desaparece el primer entusiasmo, motivado por un grupo de amigos o comunidad de referencia: ¿qué pasa? ¿Dejar de sentir a Dios significa que perdí la fe?
Hay libros enteros que hablan de la importancia que los seres humanos le damos a los sentimientos. Algunos se animaron a cambiar la famosa frase “pienso, luego existo” de Descartes por “siento, luego existo”.
Hace pocos meses, la Conferencia Episcopal Española publicó un documento llamado “El corazón habla al corazón”, donde valora y ve como signos de los tiempos muchas nuevas propuestas pastorales. También describió algunos riesgos, como el fomento de los “emotivitas religiosos”, es decir, personas que hacen depender la fe de acuerdo con qué sintieron, o si lloraron o no en la oración del retiro, especialmente en la generación Z.
¿QUÉ ES LA FE?
Cuando nos encontramos con jóvenes que “ya no sienten a Dios”, está la oportunidad para recordar que la Carta a los Hebreos define la fe como “garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve” (Hb 11, 1), no de lo que se siente.
Porque la fe es elegir confiar en Dios, alegrarse y emocionarse por su encuentro y decirle que sí. Y es, también, dar razones, es estudio y conocimiento; es compromiso con la vida concreta. Nada de la experiencia humana queda fuera de la fe.
En definitiva, igualar la fe al sentimiento es reduccionista y, sobre todo, alienante. Todas las dimensiones de la persona deben ser tenidas en cuenta cuando acompañamos procesos de fe. Pero como advierten los obispos españoles, las experiencias pastorales no pueden alimentarse solamente de un “sentimentalismo exacerbado” y convertirse en un shock dopaminérgico.
La fe es “garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve”
Este riesgo no es solo por una cuestión doctrinal y pastoral, que ya no es poco, sino también porque la persona que solo basa su fe en la emoción es totalmente manipulable, porque el joven empieza a depender emocionalmente de esa canción o de ese modo de rezar.
Espacios pastorales que generen esta dependencia, con o sin intención, son un verdadero caldo de cultivo para el abuso espiritual, que muchas veces se presenta como una forma de “presión emocional del grupo”, que hace que “los individuos se vean obligados a ‘sentir’ lo mismo que los demás para no automarginarse de la experiencia”.
Es responsabilidad de los adultos cuidar y discernir nuestras propuestas pastorales para que sean espacios de plena libertad, donde no exista ningún tipo de coacción, por muy disimulada que aparezca.
Una acción concreta de cuidado puede ser normalizar y trabajar también la sequedad espiritual, como parte natural y necesaria del proceso de crecimiento a una fe madura. O sostener explícitamente que no es necesario, ni central, sentir o llorar en las experiencias. Y, sobre todo, no caer nosotros adultos en diseñar actividades con este único propósito.
Y así, hacer caminos juntos, y al próximo joven que se nos acerque angustiado a decirnos que no siente a Dios, podemos escucharlo con mucho respeto, mirarlo con cariño, sonreírle y decirle: “¡Qué bueno! ¡Estamos en un tiempo de crecimiento! Vamos juntos…”.