Acercarnos a la vida de María Mazzarello es descubrir un pasado de comunicación que nos pertenece. Ella, una mujer resuelta y franca, de índole ardiente, con gran sentido de realismo, mente clara, afectividad sana y un temperamento reflexivo y comunicativo al mismo tiempo, demuestra una fuerte y acentuada necesidad de comunicación y una rara habilidad para establecer relaciones interpersonales auténticas.
Su capacidad para comprender situaciones y personas procede, en primer lugar, de un consciente y profundo acto de participación afectivo-emotiva que la hace intuitiva y perspicaz.
María Mazzarello aprende a leer de pequeña, sobre las rodillas de su padre. Pero a los 35 años decide aprender a escribir, haciéndose alumna entre las alumnas de Mornese.
Las cartas son su voz en directo. Un anticipo del tú a tú telefónico. Con un estilo sencillo y ameno, escribe páginas de noticias de familia que llegan a América. Como quien conversa con un interlocutor que tiene delante, lanza preguntas y trata de responderlas poniéndose en su lugar.
Las 68 cartas que se conservan, dirigidas a las Hermanas, a Don Bosco, a los Directores Salesianos de Mornese -misioneros en América del Sur- a las alumnas y a algunos padres de familia, son un testimonio vivo de aquella intensa relación que se había establecido en las primeras comunidades educativas de Mornese y de Nizza. Gratitud, oración, atención a las necesidades del destinatario, confianza y serenidad… En síntesis, una comunión profunda de valores y aspiraciones.
El Epistolario, además, está marcado por insistentes recomendaciones a la correspondencia. A veces termina la carta con un imperativo que suena como una fuerte llamada a la comunicación: «Escríbanme pronto!». «Contéstame!». O también: «¿Estás muerta o viva? No me escribes nunca una letra!». Con expresiones similares se dirige a las niñas del Uruguay: «Escríbanme alguna vez. Me dan mucha alegría sus cartas».
Carta de Madre Mazzarello a las niñas de Las Piedras
Nizza, 9 de julio de 1880
¡¡Viva Jesús y María!!
Mis buenas y queridas niñas:
¡Cuánto me ha gustado su hermosa carta y qué buenas son al acordarse de mí y felicitarme! También yo, aunque no las conozca, las quiero mucho y rezo por ustedes para que el Señor les conceda todas las gracias y bendiciones que desean para mí. Recen siempre por mí, que también yo rezo por ustedes para que el Señor las haga crecer buenas, piadosas y obedientes.
Acudan con confianza a las hermanas, díganles que les enseñen a amar al Señor y a aprender bien sus deberes de buenas cristianas. Huyan siempre de las malas compañías y vayan más que con las buenas.
Sean muy devotas de María Virgen, nuestra tiernísima Madre, imiten sus virtudes, especialmente la humildad, la pureza y el recogimiento. Si lo hacen así, estarán contentas en la vida y en la muerte.
Tengo muchos deseos de ir a hacerles una visita; recen y, si es voluntad de Dios, iré; si no, nos veremos en el Cielo y será mucho mejor. Sean muy buenas, para que todas puedan ir al Cielo.
Escríbanme alguna vez, me dan mucha alegría sus cartas. Quieran a sus maestras y a sus asistentes, pero sobre todo amen a Jesús y a María.
Como agradecimiento por sus felicitaciones quisiera mandarles una bonita estampa a cada una, pero ¿cómo hacer? Son muchas y la carta pesaría demasiado; por esta vez se la mando a la que ha escrito la carta, ¿están contentas? Cuando vaya a hacerles una visita se las llevaré a todas. Mientras tanto sean buenas y recen por mí.
Las saludo a todas y en el Corazón de Jesús, créanme suya
Con afecto, Sor María Mazzarello.
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