¿Se puede creer y dudar?

Muchas veces, las preguntas abren un camino más sincero para buscar a Dios y reconocerlo en la vida

En la pastoral juvenil aparecen, tarde o temprano, preguntas que muchos jóvenes guardan en silencio: “¿Y si Dios no me escucha?”, “¿Por qué a veces siento que está lejos?”, “¿Por qué me cuesta creer?”. Durante mucho tiempo, algunos pensaron que la duda era señal de poca fe. Pero la experiencia nos muestra otra cosa: muchas veces, quien duda no es quien dejó de buscar, sino quien necesita encontrar un sentido más profundo.

Los Evangelios están llenos de personas que creyeron y, al mismo tiempo, atravesaron preguntas, miedos y confusiones. Los discípulos de Emaús caminaron tristes y desconcertados. Pedro, que había dejado todo por Jesús, también sintió miedo. Tomás necesitó tocar las heridas para volver a creer. Muchos santos, incluso, atravesaron momentos de oscuridad interior. La fe nunca fue un camino perfectamente claro.

En el acompañamiento aparece con frecuencia una idea muy exigente: pensar que para creer hay que tener siempre seguridad absoluta. Pero la vida real no funciona así. Hay momentos de entusiasmo y otros de cansancio. Hay días de oración profunda y otros de silencio. Hay experiencias donde Dios parece cercano y otras donde cuesta reconocerlo.

Por eso, quizás la pregunta no sea si se puede dudar, más bien qué hacemos con esos cuestionamientos. Porque una duda compartida, rezada y acompañada puede transformarse en crecimiento. El problema no es hacerse preguntas: es dejar de buscar, cerrar el corazón o quedarse solo con lo que duele.

Muchos jóvenes viven hoy entre las incertidumbres del futuro, las relaciones, la vocación, el sentido de la vida. En medio de todo eso, la fe no aparece como una fórmula mágica que resuelve todo de inmediato, sino como una presencia que acompaña el camino. Creer no significa tener todas las respuestas,  animarse a caminar confiando, incluso cuando no todo está claro.

Don Bosco y Madre Mazzarello entendieron muy bien esto. Por eso daban tanta importancia a la cercanía, al diálogo y a la presencia. A veces, un joven no necesita una explicación perfecta, más bien alguien que lo escuche sin miedo por las preguntas que tiene. Una pastoral que solo exige respuestas rápidas puede alejar; mientras que una pastoral que acompaña procesos ayuda a descubrir que Dios sigue actuando incluso en medio de la incertidumbre.

Tal vez crecer en la fe no sea dejar de preguntarse cosas, sino aprender que Jesús también camina con nosotros en los momentos donde no entendemos todo. Como en Emaús, recién mucho tiempo después descubrimos que Él estuvo presente durante todo el camino. Y, entonces, la duda, lejos de ser un fracaso, puede convertirse en una puerta: una invitación a buscar, a conversar, a rezar y a seguir caminando con una fe más humilde, más real y más confiada porque, en definitiva, la fe también madura cuando se anima a poner sus preguntas delante de Jesús.

Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» Lc. 24, 32.

Compartir nota:
Artículos Relacionados Artículos Relacionados Artículos Relacionados Artículos Relacionados Artículos Relacionados Artículos Relacionados Artículos Relacionados Artículos Relacionados